Emigrantes subsaharianos, entre el desierto y el Mediterráneo

Por Andrea de Georgio*

Desde las primeras luces del día, en la estación de autobuses de la periferia sur de Bamako bulle la vida. Los rayos de un sol todavía suave cortan el espacio por el lado de la calle, tiñendo de rojo la tierra y algunos charcos. Entre la cotidiana marea de gente, taxis, motos, bicicletas, carromatos, mercancías y vendedores de cualquier cosa, se reconoce a los viajeros por su mirada desorientada, por las maletas y por el paso inseguro. Desde la entrada al edificio son interceptados por los coxeur, jóvenes que por unas monedas llevan clientes a las distintas compañías de transporte, y los acompañan hacia los vehículos que van a partir.

Todas las estaciones de autobús en África occidental son parecidas. El mismo mal olor, la misma carne asada en la parrilla, el mismo calor humano y desbordante. Por lo general no son lugares agradables. Para hacer más llevadera la estancia de los pasajeros más rijosos, en torno al inmenso patio donde los autobuses calientan sus motores, surgen habitaciones que se alquilan por horas y bares sospechosos. Se parte cuando el autobús está lleno, se llega cuando se puede. Horarios, precios e itinerarios son conceptos variables.

Los destinos se anuncian a grito pelado, como en el mercado, mientras oleadas de personas tratan de alcanzar el vehículo que les ha de llevar arrastrando sus maletas, abriéndose paso entre el gentío. La mayor aglomeración se produce en el centro de la zona destinada a las salidas hacia Burkina Faso y Níger. A diferencia del resto de la estación, donde se oye hablar casi exclusivamente bambara (la principal lengua de Malí) o francés, en esta zona concreta de la estación de Bamako lo que resuena en el aire, en una insólita polifonía, es el hausa, el wolof, el inglés y otros idiomas. Senegaleses, guineanos, nigerianos, burkineses, togoleses o liberianos. Son muchos los africanos que viajan para hacer pequeñas compras o visitar a algún familiar lejano. El autobús es el medio más popular para estos desplazamientos masivos que se concentran sobre todo en determinados momentos del año, como la proximidad del Ramadán o la celebración de otros eventos.

En un rincón aparte del espacio en torno a los autobuses que salen para Burkina Faso y Níger hay un grupo de viajeros distintos de los demás. No cargan sobre el techo del vehículo animales, motos o sacos de arroz; no llevan consigo ni grandes maletas, ni bolsos de plástico o mochilas escolares. Permanecen en grupo, como un rebaño en espera del pastor, mirando su entorno lo menos posible. Generalmente suben los últimos a los autobuses y ocupan los asientos posteriores, más calientes por la temperatura que exhala el motor y, sobre todo, menos controlados en las paradas. Estos hombres jóvenes con zapatillas, que se confunden fácilmente entre la muchedumbre de viajeros que hormiguean por la estación de Bamako, son los emigrantes de África occidental.

Cambio de ruta

Desde que comenzaron los problemas en el norte de Malí –que en 2013 condujeron a la guerra entre las tropas franco-malienses y los neoyihadistas de Al-Qaeda en el Magreb Islámico– cambió la ruta migratoria preferida para el tráfico sahelino, incluido el de seres humanos.

Antes de Bamako, se llegaba a Gao, la capital del norte de Malí, y luego a Kidal, desde donde se continuaba por el desierto hasta Argelia o Libia. En cambio, hoy el recorrido que utilizan con más frecuencia los emigrantes subsaharianos es el que atraviesa Burkina Faso, pasando por las ciudades de Bobo-Diulasso y Uagadugú para entrar luego a Níger haciendo una etapa en Niamey y Agadez antes de meterse en el desierto, el verdadero, hacia Argelia (vía Arlit) o Libia (vía Dirkou y Madama). Es un mar de kilómetros por carreteras infames en incómodos autobuses que traquetean hasta Agadez. Desde la puerta del desierto se continúa en camiones sobrecargados de mercancías y personas que atraviesan pistas de arena hasta la orilla del Mediterráneo.

El viaje de los emigrantes subsaharianos es un recorrido accidentado en el que se avanza etapa tras etapa, ciudad tras ciudad. La mayor parte ha dejado atrás zonas rurales o aglomeraciones urbanas con el poco dinero en el bolsillo que ha reunido la familia o toda la aldea, sin saber cuánto podrá costar la libertad. Como el dinero con el que han salido se termina muy pronto, se ven obligados a trabajar en las capitales por las que pasan, como Bamako, Uagadugú y Niamey, para volver a retomar el camino cuando reúnen el precio del billete que los transportará hasta la próxima ciudad.

Despojados de todo derecho y debilitados por la indigencia a la que les obliga el viaje, estos jóvenes a menudo son víctimas de abusos y explotación por parte de traficantes, militares y policías de frontera. Cada vez más lejos de su casa, y con menos dinero en el bolsillo para hacer frente a los imprevistos del camino, estas almas errantes encuentran a veces refugio en la asistencia de valerosas asociaciones locales.

Estados tapón

Usman Diarra es un emigrante maliense expulsado de Angola. En 1996 creó la Asociación Maliense de Expulsados (AME), la primera asociación africana de antiguos migrantes que lucha por la libre circulación, los derechos y la asistencia de la gente en camino. Es un hombretón alto y bien plantado. Su mirada, tranquilizadora, se asoma  detrás del humo de su cigarrillo, en su oficina, situada en la periferia occidental de Bamako.

No se cansa de decir algo que repite desde hace 15 años en foros sociales, conferencias y a los periodistas que van a visitarle: “Aunque la ruta sea larga, el viaje costoso y la muerte siempre esté al acecho, muchos jóvenes africanos seguirán marchándose. Hoy existe una verdadera guerra contra los emigrantes: Europa da las órdenes y África las cumple. FRONTEX (Agencia Europea para la gestión de la cooperación operativa en las fronteras exteriores de los Estados miembros de la Unión Europea) actúa para disuadir y reprimir la libertad de circulación, valiéndose para ello de la colaboración de policías corruptos y agencias privadas de seguridad, de modo que la contención y las expulsiones de los emigrantes se producen lejos de las fronteras europeas”.

La AME trabaja en los puntos sensibles de Bamako que, desde que se intensificaron los controles y la represión de la emigración clandestina en Marruecos –limitando las rutas marítimas y terrestres que desde Senegal y Mauritania llegaban a España– se transformó en uno de los principales lugares de tránsito de la región (junto con Niamey y Agadez, en Níger). Sus miembros, casi todos antiguos emigrantes expulsados, se encuentran cada día en el aeropuerto, en las estaciones de autobús y en los barrios donde se levantan los dormitorios y albergues informales.

Cada mes acogen en el aeropuerto a unos 50 malienses expulsados de todos los rincones del planeta, en especial de Arabia Saudí, de algunos países africanos en conflicto (como República Centroafricana) y de Francia. Durante las primeras 72 horas después de hacerse cargo de ellos, a los emigrantes expulsados se les proporciona asistencia básica, médica, psicológica (mediante grupos de conversación y escucha), legal, comida, alojamiento y el dinero necesario para volver, voluntariamente, a su pueblo o ciudad de procedencia.

“Malí, Burkina Faso, Níger… Dentro de las criminales políticas migratorias de una Europa que solo  piensa en alejar cada vez más a los emigrantes de sus fronteras, nuestros Gobiernos se han convertido en preciosos aliados, sobre todo desde que ya no está Gadafi que, a su manera, disuadía los flujos migratorios por medio de terceros. Nos hemos convertido en Estados tapón, como los países del Magreb. Argelia, Túnez, Marruecos y Mauritania tienen acuerdos de partenariado con Occidente para cerrar el paso a los emigrantes. Así el viaje cada vez se ha hecho más largo, la emigración más peligrosa y provechosa para todos: desde las ONG locales a las organizaciones internacionales, desde los Gobiernos a los policías corruptos, desde las mafias a las agencias de viaje”.

En un debate celebrado en la televisión estatal maliense sobre el tema migratorio, Usman Diarra discutió con el representante del Gobierno, culpable, según él, de no tener en cuenta la complejidad del fenómeno. En Malí, gracias también a la actividad divulgativa de AME, la sociedad civil se muestra sensible a esta realidad –que en los últimos meses ha ido ganando espacio en el debate público–, a diferencia de otros países de la región como Níger, con el que Italia sigue manteniendo una estrecha relación, a pesar de la vulneración de los derechos humanos.

150.000 personas en camino

Con una frecuencia intermitente nos acordamos nuevamente de ellos (la memoria de Occidente es así), sobre todo cuando se ahogan ante nuestros ojos mientras tratan de atravesar el Mediterráneo en las que muchos denominan como ‘las barcas de la esperanza’.

En abril de 2015 fueron 700 personas las que se ahogaron en un solo naufragio. Doce meses más tarde, después de varios días de incertidumbre y de intentar contrastar la información, el ministro italiano de Asuntos Exteriores, Paolo Gentiloni, reconoció que “estamos de nuevo ante una tragedia en el Mediterráneo, un año después de la que tuvimosen las aguas libias”. Esta vez fueron 500 fallecidos, procedentes de Somalia, Eritrea y Etiopía. Y quién sabe cuántos otros subsaharianos más, sin nombre ni historia, que junto a sirios y africanos de otras regiones del continente, componen una parte importante del mosaico de las migraciones contemporáneas hacia Europa.

Algunos jóvenes que se encuentran por las rutas migratorias de África occidental se refieren a amigos, hermanos, parientes o conocidos que se encontraban en aquellas naves que se fueron a pique. Son conscientes de los peligros que se van a encontrar, pero repiten la misma letanía: “Aquí, entre nosotros, no se puede vivir. Sabemos que muchos mueren intentando llegar, pero muchos por el contrario logran cruzar. Con la ayuda del buen Dios lo conseguiré”. Los sueños, o los espejismos, son los mismos en todos los procesos migratorios que se han sucedido cíclicamente a lo largo de la historia: un trabajo, un sueldo, unos derechos, un dinero para mandar a casa, la afirmación personal, la paz, la libertad. Los migrantes tienen la percepción de que encontrarán todo esto en abundancia al otro lado del mar. Sin embargo, antes de llegar a las barcazas son miles los kilómetros recorridos durante semanas, meses o años.

Por la carretera que, desde Bamako, conduce a Burkina Faso y Níger, los controles son sistemáticos. Se multiplican las aduanas y puestos de control, mientras la excusa del terrorismo y de la inestabilidad ofrece una magnífica oportunidad a los policías y militares para redondear sus sueldos de hambre.

Hay un control de cada autobús y los extranjeros, colocados aparte, pagan impuestos como si fueran una mercancía. Los emigrantes están a merced del viaje y, si no tienen los documentos en regla, pagan más que los otros viajeros: desde 7,5 a 15 euros por parada. O eso, o son devueltos, golpeados o enviados a prisión.

Los países de los que provienen y por los que pasan casi la totalidad de los emigrantes de esta región forman parte de la Comunidad Económica de los Estados de África Occidental (CEDEAO), que establece la libre circulación de sus ciudadanos. Un principio ignorado, sin embargo, en Argelia y Libia, donde los centros de detención, la violencia y las expulsiones arbitrarias contribuyen a la deshumanización y a la explotación de los emigrantes antes incluso de poder llamar a las puertas de Europa.

La conocida como Declaración de Roma sobre políticas migratorias, firmada en noviembre de 2014 entre la UE y los países africanos, contemplaba destinar fondos para la construcción de centros de acogida en Níger, que apoyarán a los ya existentes en los que actúa la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), con el fin de disuadir y contener los flujos migratorios procedentes de África. Según los datos de la misma OIM, cada año transitan por el Sahel, en dirección al norte, más de 150.000 emigrantes, de los que unos 10.000 pasaron directamente por Agadez. El Proceso de Jartum y el de Rabat, que consagran la externalización del control de las fronteras y la represión de las migraciones clandestinas, ya son una realidad en las carreteras africanas. Estas iniciativas, junto a los Acuerdos de Cotonú, según muchos expertos y asociaciones comprometidas con los derechos humanos de los emigrantes, serán causa y no solución de la explotación y de la trata de seres  humanos.

* Texto publicado originalmente en Atalayar

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