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Elecciones en Irán: moderado impulso a Rouhaní

Por Alberto Ginel Saúl*

El alcance de las victorias, la resonancia de las derrotas y hasta el sentido de palabras comunes poco o nada significan si no son emplazadas en su estructura: en su justo término.

Gracias a esa contextualización empezamos a comprender, por ejemplo, lo que supone en Irán el acuerdo nuclear alcanzado con varias potencias extranjeras, habiéndose superado -incluso- las reticencias del Líder Supremo, quien hace dos semanas advertía aún del posible “engaño” oculto en el texto.

Hemos hablado ya aquí de los efectos regionales del Iran Deal, pero no hay que perder de vista sus posibles consecuencias en la política interna, sobre todo si recordamos que poderosos sectores de la nomenklatura iraní siguen refiriéndose a EEUU como el Gran Satán (en los mismos términos que el Ayatoláh Jomeini) 37 años después de la ruptura formal de relaciones diplomáticas. En ese contexto y con las celebraciones del acuerdo todavía frescas, tuvieron lugar las elecciones de la semana pasada. En ellas se ha vuelto a hablar de candidatos reformistas, moderados y pragmáticos, conceptos que -en eljusto término-, significan algo para muchos iraníes. Por ejemplo, 30 de los 30 representantes que Teherán envía al Parlamento han ganado su escaño concurriendo bajo esas etiquetas. Unas etiquetas, unos conceptos, que en realidad siempre estuvieron ahí (no hay más que revisitar los agitados años ochenta entre republicanos y teócratas, evocar la vía que abrió la presidencia de Khatami o la esperanza del asfixiado Movimiento Verde ). Palabras que resurgen ahora con optimismo tras los largos y peligrosos años de Ahmadineyad y su alianza ultraconservadora.

Los dos primeros años y medio del presidente Rouhaní, el cambio de tono respecto a Occidente, su decidida apuesta por el acuerdo nuclear y los esperandos beneficios del fin de las sanciones económicas tienen mucho que ver en ese halo de optimismo. Sensación compartida incluso por líderes del Movimiento Verde como Mousavi, quien desde su arresto domiciliario llamaba estos días a movilizarse y participar en las elecciones del 26 de febrero pese a que, por la propia naturaleza del proceso, los llamados reformistas y moderados reman a contracorriente.

Los iraníes estaban llamados a elegir los 290 escaños del Parlamento (Majlis) y los 88 de la Asamblea de Expertos. La primera cámara, con un mandato de cuatro años, ostenta funciones legislativas. La segunda, con mandato de ocho y conformada por clérigos de “probada erudición”, tiene la crucial función de elegir al Líder Supremo tras su fallecimiento y, supuestamente, la de supervisar su actividad.

El líder supremo

El Líder Supremo, Ali Khamenei -quien sucedió a Jomeini en 1989-, es algo más que una figura central en la estructura política iraní: más bien la encarna. Ejerce control sobre el Supremo Consejo Nacional de Seguridad y las Fuerzas Armadas. Nombra directamente a los seis clérigos expertos en jurisprudencia islámica que conforman el Consejo de Guardianes de la Revolución (los otros seis integrantes son juristas que vienen recomendados por el poder judicial). Nombra también a los 51 miembros del Consejo de Conveniencia, un cuerpo administrativo encargado de asesorar al Líder Supremo y de mediar en las eventuales discrepancias entre el Parlamento y el Consejo de Guardianes. El líder designa también a la dirección de la radio y la televisión públicas y a la cúspide del poder judicial. Ésta breve referencia institucional es necesaria para no olvidar la posición que ocupan Líder y Presidente, -Khamenei y Rouhaní- en el mapa político-institucional.

El mencionado Consejo de Guardianes, que en la práctica funciona como una extensión del Líder Supremo, tiene la potestad de interpretar y, en su caso, vetar leyes procedentes del Parlamento, y ostenta también un rol fundamental en los procesos electorales: el de filtrar los candidatos elegibles (competencia que ha ejercido profusamente en las recientes elecciones). Los Guardianes han vetado a cerca del 75% de los candidatos próximos a la vía moderada del presidente (o pro-británicos, en la jerga ultra), excluyendo incluso a un nieto de Jomeini y provocando que algunas circunscripciones contasen sólo con un candidato a elegir.

Dos dimensiones: teocrática y republicana

Todo el sistema político iraní aparece entreverado de elementos, figuras e instituciones que responden, unas, a una legitimidad popular (Parlamento, Presidente o Asamblea de Expertos -con los filtros antedichos-) y otras que dependen directamente de la autoridad político-religiosa de un Líder Supremo que extiende su influencia a todo el sistema, a todos los niveles y en los tres poderes por medio del Consejo de Guardianes y de diversas nominaciones directas. Estas dos dimensiones iraníes: la teocrática y la republicana, se medían, hasta cierto punto, en los comicios. El enfrentamiento no es directo (no puede serlo sin que la estabilidad general del sistema se vea afectada), pero vuelve a ser más visible en los últimos tiempos.

Por parte del Líder Supremo, la tensión se evidencia mediante silencios y advertencias dosificadas hacia los medios de comunicación durante todo el proceso de negociación nuclear o, por vías menos sutiles, haciendo que los Guardianes excluyeran de las urnas a casi todo lo que oliera a reformismo pese a la resolución del Presidente de “defender el derecho de participación política”.

Rouhaní pone su contrapeso en los platillos de la política exterior y la apertura económica. Esta última, si se consolida (y con ella una nueva clase media) podría acabar cuestionando la legitimidad de ciertos monopolios empresariales nacidos a la sombra de Ahmadineyad y del aislamiento y que han reforzado enormemente el poder económico-político de grupos reaccionarios como los pasdarán.

Nuevo impulso 

Estas elecciones eran importantes no sólo por el cariz plebiscitario sobre la figura de Rouhaní -una vez se ha superado el ecuador de su primer mandato presidencial- o por las relativas posibilidades que abriría un Parlamento más favorable al presidente, sino también por el impacto que pueden llegar a tener los recién elegidos en un escenario hipotético. Considerando la edad del Líder Supremo y su estado de salud no es descabellado pensar que la Asamblea de Expertos recién elegida pueda ser la encargada de nombrar en los próximos ocho años a su sucesor. Dicha Asamblea de Expertos contará con un 59% de perfiles moderados.

Pese a todos los obstáculos impuestos a las candidaturas por el tamiz de la ingeniería ultraconservadora, las posiciones de Rouhaní, en alianza con los expresidentes Khatami y Rafsanjani, han conseguido 85 asientos en el Parlamento, mientras que los posibilistas, independientes o pragmáticos (políticos distanciados de la linea dura a cuenta del acuerdo nuclear) obtuvieron 73. Los ultra-conservadores, por su parte, se hicieron con 68, cayendo desde los 112. Los restantes escaños, hasta los 290, corresponden a minorías religiosas y 59 han de ser repartidos todavía en una segunda vuelta por no tener un ganador claro). La composición del parlamento hace especialmente relevantes a los independientes, cuya proximidad a Rouhaní dependerá en gran medida de la marcha de la economía y del clima social percibido cuando puedan probarse los primeros frutos de la apuesta de Rouhaní.

Si la mejora de la economía y la entrada de capital extranjero -aún tímida– se consolidan y repercuten en la vida de los iraníes en las regiones de influencia más conservadora,  la base de apoyo a Rouhaní se ampliará considerablemente.

No parece realista esperar cambios profundos e inmediatos: el camino es estrecho, las capacidades del Parlamento son reducidas y el imperio del presidente se topa de continuo con esa estructura hecha carne que representa el Líder Supremo con sus distintas extensiones. Todo ha de traerse, como dijimos al principio, a su justo término. La memoria también juega: ya se han vivido momentos similares en Irán, momentos en los que parecía posible cierta apertura en refuerzo de los elementos republicanos del sistema, pero resultaron frustrados. Muchos iraníes recordarán los pasos atrás del ex-presidente Rafsanjani, hoy aliado de Rouhaní. Lo que sí parece más claro es que el viento de cola sopla algo más fuerte para Rouhaní. La próxima prueba, 2017: elecciones presidenciales.

*Anteriormente publicado en Diario Bez

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