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El sectarismo como ventana de oportunidad para Da’esh en Iraq

Por Alberto Ginel Saúl

La analista Nelly Lahoud, en un interesante trabajo editado por “Combating Terrorism Center at West Point”, apuntaba los dos elementos que a su juicio -y combinados- han permitido al Da’esh (siglas en árabe para “Estado Islámico”) llegar a ocupar buena parte de las agendas internacionales, controlar un territorio del tamaño aproximado de Jordania y a proyectar una inquietante amenaza sobre los gobiernos y poblaciones de la región.

Para Lahoud estos dos factores son Diseño + Oportunidad.

Por “Diseño” ha de entenderse la configuración de unos objetivos declarados, nucleares,  estratégicos y diferenciadores por parte del grupo en cuestión. En este caso, la aspiración a la “estatalidad” y la pretensión de proyectar cierto nivel de gobernanza en los territorios que controla bajo la figura del “Califato”, lo que marca distancias por ejemplo con Al Qaida y lo hace tal vez más atractivo al plantear la esperanza “próxima” y “tangible” de un régimen según las bases dogmáticas del fundamentalismo para todos aquellos que viven bajo gobiernos infieles (en Oriente Medio y en Europa).

El segundo elemento está referido a las oportunidades que han permitido que Da’esh traslade a la práctica parte de aquello que había diseñado sobre el papel, o lo que es lo mismo: el aprovechamiento de las fisuras profundas que recorren la región en pro de sus objetivos últimos. Como ejemplo de ello cabe mencionar el escenario conflictivo en Siria o el panorama sectario en el Iraq post-Hussein.

En esta reflexión nos centraremos concretamente en el caso de Iraq. El embrión del grupo liderado por al-Zarqawi y que terminaría autodenominándose “Estado Islámico” tras varios cambios de nomenclatura, tuvo desde el inicio presente a este país entre sus objetivos (es decir: en el “Diseño”). Y esto por varios motivos.

  • Por simbolismo: al parecer al-Zarqawi sentía especial fascinación por la campaña militar que desde la ciudad iraquí de Mosul consiguió arrebatar la importante mezquita de al-Aqsa de manos de los Cruzados.
  • Por ideología: el gobierno secular iraquí construido sobre bases nacionalistas representaba el tipo de Estado corrupto e ilegítimo que al-Zarqawi y su grupo querían transformar (ya desde un primer momento) en una provincia más del futuro califato.
  • Por estrategia, dada la situación clave de Iraq en la región: los prematuros contactos entre el grupo de al-Zarqawi y diversas células del norte de Iraq como Ansar al Islam ya a principios de los 2000 y la gran actividad sostenida en el país sobre todo tras la caída de los talibán en Afganistán (el gran frente de la jihad por entonces) le permiten llegar a hacerse con la “franquicia” de Al Qaeda en Mesopotamia en 2004.

Cabe señalar, someramente, que las relaciones de Bin Laden y al-Zawahiri (AQ) con al-Zarqawi (futuro IS) no fueron en absoluto sencillas y que como es conocido, terminarían rompiéndose violentamente en 2013. Tras un primer rechazo de colaboración en 1999 motivado por diferencias ideológicas y estratégicas (sobre todo derivadas de la pretensión “estatalista” del líder de lo que hoy se conoce como Estado Islámico), Al Qaeda lo acepta en 2004 no sin recelo, aumentando las discrepancias en 2006 cuando a la muerte de al-Zarqawi se proclama el Estado Islámico de Iraq sin conocimiento ni aprobación de la dirección de Al Qaeda. Esta desconfianza se demuestra en la correspondencia incautada por EEUU entre al-Zawahiri y al-Zarqawi, en la que el primero pone de relieve su preocupación por la intensificación en Iraq de las matanzas de chiitas tildándolas de contraproducentes y peligrosas en términos de imagen y apoyo a la causa.

Tras este breve excurso sobre las turbulentas relaciones y diferencias entre Al Qaeda y el grupo que un día fue su franquicia en la región mesopotámica para después “independizarse” (y que sin duda darían para mucho más), regresamos al argumento principal: Iraq en el punto de mira, en el diseño y la estrategia de un pujante grupo jihadista que hoy extiende su control sobre amplias zonas del país.

Pero como venimos apuntando desde el inicio de esta reflexión, hace falta mucho más que una mera estrategia para llegar a controlar un vasto territorio geográfico partiendo de una posición precaria, con un grupo reducido de hombres y de una situación de enfrentamiento con otros grupos combatientes. Ahí entra en juego el segundo elemento al que hemos hecho referencia: la “oportunidad”, o mejor dicho, el aprovechamiento de la misma.

En este sentido, hay que remontarse al Iraq inmediatamente posterior a la caída de Sadam Hussein, al precipitado y fallido intento estadounidense de imponer al pueblo iraquí una constitución y un paradigma institucional que parece haber generado más problemas de los que ha resuelto. Al estado de perfecto caos y violencia sectaria en que se ha visto sumergido Iraq pese al famoso discurso “Misión Cumplida” pronunciado por George W. Bush en mayo de 2003 sobre el Abraham Lincoln (cuando no habían pasado ni dos meses del inicio de la operación “Libertad Iraquí”).

Es este escenario caótico que arranca con el “proceso constituyente” exprés y la estrategia norteamericana de retirada rápida el que ha favorecido la apertura de una ventana de oportunidad por la que han respirado y crecido multitud de grupos jihadistas en Iraq.

Caracterizando brevemente el sistema político iraquí post-Sadam podemos mencionar alguno de sus rasgos más destacados y su impacto negativo sobre la convivencia inter-comunitaria:

  • Primeramente, el intervencionismo directo de EE.UU sobre los distintos borradores.
  • La voluntad expresa de “reequilibrar” la balanza del poder interno mediante la “des-Ba’thificación” de la política iraquí y el refuerzo de chiíes y kurdos. En la práctica esto supuso la exclusión sistemática de la comunidad suní en la que Sadam había apuntalado su régimen y un fuerte descontento con el proceso y su resultado institucional por parte de los mismos. Descontento puesto de manifiesto en multitud de movilizaciones duramente reprimidas y deslegitimadas por el gobierno del chií Al-Maliki.
  • La configuración de un estado federalizante (sui generis) en el que cada comunidad busca extender y ejercer su poder sobre “su” zona del país, debilitándose el poder central del Estado (algo crítico en términos de defensa, seguridad o en cuanto a los ingresos provenientes del petróleo) lo que actualmente merma la capacidad militar y política del Estado para enfrentarse al Da’esh. Saad N. Jawaad cita como ejemplo de esto la insólita práctica jurídica que supone el artículo 121.2 de la Constitución Iraquí, por el cual la legislación regional prevalece sobre la nacional.

Es en este escenario de debilidad institucional, agravio comunitario, exclusión violenta y de política sectaria en el que Da’esh ha conseguido atraerse a sectores de la comunidad sunní,  aprovechando así su “oportunidad” de erigirse –a los ojos de algunos- como defensor de esta comunidad frente al gobierno de mayoría chií.

Conclusión

En el momento actual tiene lugar una importante ofensiva militar para recuperar de las garras del Da’esh la ciudad de Tikrit: un jalón fundamental en el camino a Mosul remontando el Tigris.

No es la primera vez que el mermado y en ocasiones impotente ejército iraquí pretende la  “reconquista” de Tikrit, si bien en esta ocasión existe un hecho diferencial: y es que según recoge The New York Times, la televisión estatal habla de colaboración entre fuerzas regulares, milicias chiíes y suníes. Hecho significativo al tratarse Tikrit de un bastión suní cargado además de simbolismo para esta comunidad por ser la ciudad natal de Sadam Hussein (como se recuerda estos días desde los medios de comunicación).

La presencia de milicias suníes en la ofensiva de Tikrit al menos servirá para evitar matanzas como las ocurridas en la recuperada ciudad de Diyala, donde las milicias chiíes represaliaron a la población civil suní ante la aparente pasividad del ejército regular.

El liderazgo del gobierno de al-Abadi pasa una prueba permanente en un país roto, dividido, incapaz de levantarse de las brasas –con frecuencia avivadas y alimentadas- de la guerra civil sectaria que estalló en 2006 y que ahora, con un marco constitucional-institucional fallido y una autoridad gubernamental incapaz de llegar por sus propios medios a todos los rincones del país, se encuentra con parte de su territorio en manos del Da’esh. No por casualidad: por mero aprovechamiento de la oportunidad.

En este contexto y con toda la cautela, cabe destacar el llamamiento realizado por el primer ministro el pasado domingo a los grupos suníes que combaten junto al Da’esh, a quienes ofreció “perdón” y una “última oportunidad” de unirse a los esfuerzos militares “del gobierno y del pueblo” en la recuperación de las ciudades de mayoría suní mediante la expulsión de los terroristas.

Medidas incipientes como las de la formación de la Guardia Nacional “mixta” y el replanteamiento de la política de “des-Ba’thificación” por parte del gobierno central (que básicamente tiene como resultado la expulsión de la política de la minoría suní) pueden ser un primer paso hacia lo indispensable: la consolidación de un verdadero poder nacional (digno de tal nombre) que no aparezca atravesado por afiliaciones sectarias y divisivas y que permita enfrentar la brutal amenaza del Da’esh dificultando que se aproveche, así, la “ventana de oportunidad” de que sin duda disfruta el terrorismo en escenarios de violencia sectaria como el Iraquí.

Es muy pronto para pensar en un acercamiento decidido entre las distintas comunidades de Iraq, pues el camino del agravio y la violencia ha sido largamente recorrido por parte de unos y de otros desde que estallara la guerra civil. Sin embargo, todo aquello que nos permita hablar de una mínima posición común contra un enemigo brutal que vendría a erradicar toda posibilidad no ya democrática, sino nacional-estatal para el futuro de Iraq debe ser acogida con moderado optimismo y como un paso hacia la superación de los errores que han propiciado o al menos facilitado el desastre actual.

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