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El Sahel, entre el hambre y el salafismo

Por Guadi Calvo

Los Tuareg no solo se deben enfrentar al extremismo salafista, a los intereses de Bamako y los grandes consorcios occidentales en pos de los grades recursos energéticos de sus territorios, sino también por al temor político que generan en las élites del Magreb.

Todo está dado en el Sahel para convertirse en el nuevo epicentro del “terrorismo internacional”: hambre, población desarticulada, gobiernos corruptos y mucha riqueza en sus subsuelos. Si no pueden controlar a los salafistas, el Sahel se convertirá definitivamente en Sahelistan.

La lucha del legendario pueblo Tuareg por recuperar la soberanía de Azawand, un territorio mayor que Francia, no ha cesado nunca. En los cientos de años que llevan de despojo se han enfrentado a usurpadores árabes, franceses y malíes. Su verdadero y rico territorio ocupa una gran franja a caballo entre el Sahara y el Sahel, que hoy está repartido en ocho países, y representa una extensión similar a la de Argentina. Desde el fondo de la historia los hombres de azul han marchado en la búsqueda de sus reivindicaciones hasta ponerse en el centro de la actualidad.

Tras más de seis meses de negociaciones, el pasado 20 de junio en una ceremonia a sala llena y televisada, se pudo ver a Sidi Brahim Uld Sidati, el Secretario General del Movimiento Árabe de Azawad, firmar el documento junto al presidente Ibrahim Boubacar Keita. Finalmente se han sellado los “Acuerdos por la paz y la reconciliación” entre los representantes de la “Coordinadora de Movimientos de Azawad” (CMA) y las autoridades del gobierno central, lo que aparentemente dará a Mali una paz que desde marzo de 2012 había perdido. Occidente, particularmente Francia, España, Italia y los Estados Unidos, se congratulan por el logro. El ministro de Defensa francés, Jean-Yves Le Drian viajó a Bamako para apoyar el acuerdo de paz y darle ese toque de glamour francés que nunca debe faltar en ninguna justa diplomática.

Aparentemente, se ha puesto fin al levantamiento de abril de 2012, que exigía, una vez más, los derechos sobre el ancestral territorio de Azawad, por el que unilateralmente los tuareg declararon entonces la escisión del territorio reivindicado. Bamako ha cedido a algunas de las exigencias Tuareg: un programa de desarrollo económico para los próximos quince años; la descentralización burocrática y transferencia de poderes ejecutivos; la integración de los rebeldes armados en el ejército o su participación en el programa “Desmovilización, Desarme y Reintegración”, por el que se le permitiría a los combatientes adaptarse a la vida civil; y la muy simbólica, pero de un peso político clave: aceptar el término bereber “Azawad” (la tierra de trashumancia) para designar el norte del país, que de alguna manera delinea oficialmente los límites de las pretensiones tuareg en Malí.
El mapa de la patria tuareg en realidad no se limita solo a lo reclamado a Mali, los hombres de azul consideran también parte de su país a importantes regiones de Marruecos, Argelia, Túnez, Mauritania, Níger, Burkina Faso, las Islas Canarias y un sector en el norte de Nigeria.

Estos tratados, bajo el nombre de “Acuerdo por la paz y la reconciliación” y presentados el 1 de marzo en la ciudad de Argel, intentan poner fin a una larguísima disputa del pueblo Tuareg, al que le fue arrebatado su territorio cuando Malí fue conformado como hoy lo conocemos, bajo la egida francesa. Estos acuerdos pretenden estabilizar de una vez el gran desierto del norte del país, centro de numerosas revueltas tuareg desde 1960, y recurrentes conflictos armados.

La última de las rebeliones para proclamar su autonomía se produjo en abril de 2012, aprovechando un golpe de estado contra el presidente Amadu Tumani Turé, el mismo día que la democracia en Mali cumplía 21 años. El Movimiento Popular del 22 de marzo (MP22) conformado ad hoc, para este fin, decidió dar apoyo político al movimiento encarnado por la oficialidad joven que encabezaba el capitán Amadu Haya Sanogo, mascarón de proa de la nueva junta el Comité Nacional para el Restablecimiento de la Democracia y la Restauración del Estado (CNRDRE). La situación terminó precipitando unas elecciones en las que emergió en agosto de 2013 el actual presidente Ibrahim Boubacar Keita.

Fueron largos meses de combates entre los tuareg, el ejército malí y grupos vinculados a al-Qaeda que estaban comenzado a radicarse en la región. La situación obligó a Francia a iniciar las operación militares Serval y Barkhane para limpiar la región de salafistas y de alguna manera contener las ambiciones del pueblo Tuareg.

Naciones Unidas también hizo su aporte en la contención tanto de los salafistas como del Movimiento Nacional para la Liberación del Azawad (MNLA), con la Misión Multidimensional Integrada de Estabilización de las Naciones Unidas en Malí (MINUSMA), establecida por el Consejo de Seguridad en abril 2013.

Azawad, además de ser la cuna de los legendarios imuhagh, como también se denominan a los tuareg, es una enorme y riquísima cantera de hidrocarburos y recursos minerales como el cuarzo, carbonatos, bauxita, mármol, fosfatos, litio, hierro, níquel, estaño y plomo, además de yacimientos de petróleo, gas, uranio y oro. También cuenta con la existencia de “tierras raras” un recurso conformado por diecisiete elementos químicos sumamente estratégicos para industrias como la electrónica, automotriz y de telecomunicaciones.

Para Francia, el interés fundamental pasaba por sus importantes explotaciones de uranio en las minas de Arlit y Akouta, que están siendo operadas por la estatal francesa Areva, líder mundial en la producción de energía nuclear y que explota el uranio de Malí y Níger en la región tuareg de Agadez, frontera de ambos países.

El interés occidental en la región no se debe solamente a razones económicas, sino también al efecto desestabilizador que podría tener la nación tuareg en sus vecinos, ya que son musulmanes moderados, místicos, con fuertes tradiciones pre-islámicas, al tiempo que tienen una conformación libertaria. Los tuareg rechazan el islamismo radical, sabiendo que intentara erradicar su ancestral cultura Imazighen. Prueba de ello son los duros combates entre los hombres del MNLA con grupos vinculados a al-Qaeda, que operan en la región con diferentes denominaciones como: Ansar al-Din, (Defensores de la Fe) el AQMI (Al-Qaeda para el Magreb Islámico) o el MUJAO (Movimiento para la Unicidad y la Yihad en África Occidental).

Los Tuareg no solo se deben enfrentar al extremismo salafista, a los intereses de Bamako y los grandes consorcios occidentales en pos de los grades recursos energéticos de sus territorios, sino también por al temor político que generan en las élites del Magreb. El movimiento MNLA es democrático y laico, y respetuoso hacia los derechos de todos los grupos étnicos de la región, como los Moros, Songhai y Peul.

Sin duda, el MNLA representa un peligro para países como Argelia, con una sensible región, Kabylia, de cultura bereber. El riesgo de imitación también se da en Mauritania, Marruecos y en la región de Fezzan, en Libia. En este encadenamiento de agitación política habría que mencionar a Canarias, donde los tuareg tienen una larga historia, especialmente en Tenerife.

También hay que tener en cuenta que por el territorio reclamado cruzan muchas de las rutas del narcotráfico de los grupos salafistas como Boko Haram. Tanto Cárteles africanos como europeos reciben la droga en barcos que llegan desde América del Sur a puertos de Guinea y Guinea-Bissau, para después enviarlos por vía terrestre hacia el Mediterráneo.

Cinturón del hambre.

Senegal, Malí, Mauritania, Guinea, Burkina Faso, Níger, Nigeria, Chad, Camerún y Sudán conforman esta franja, también conocido como el “cinturón del hambre”. Es una de las regiones más pobres del mundo y con peores condiciones de vida. De un total de 179 países analizados por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), la Faja se reparte entre los últimos 30.

El Sahel está encerrado en dos paréntesis de terrorismo: en su franco oeste, en el norte de Nigeria se aloja el grupo integrista Boko Haram, que ha jurado fidelidad al Estado Islámico y tiene influencia en Beni, Níger, Chad y Camerún; en el este, el grupo somalí al-Shaabab, aliado al al-Qaeda Global, cuenta con fuerte presencia en Kenia, y más menguada en Etiopia, Sudán del Sur, y Uganda, llegando hasta Tanzania. Al norte, en el Magreb, desde Egipto a Marruecos, cada uno de los países cuenta con actividad salafista.

Los pactos firmados con los Tuareg reflejan la urgencia de occidente por resolver graves coyunturas que palpitan en el corazón de África. El jefe de la Misión de Naciones Unidas, el tunecino Mongi Hamdi, después de la firma de los tratados de paz declaró que “todavía habría momentos de duda y el desaliento, de tensiones y la desconfianza, en el camino hacia la paz”.

La Franja del Sahel es también un objetivo principal del terrorismo yihadista. Durante años, particularmente Francia ha abandonado en Azawad desechos nucleares, peligrosos ya no solo para la población y el medio habiente sino porque de hacerse con parte de ese material, las bandas salafistas podrían reconvertirlo en armas mucho más letales que con las que cuentan. En su momento, uno de los fantasmas que se agitaron para la intervención occidental en Mali, fue impedir el acceso de estas bandas al uranio que naturalmente tiene la región, pero sería mucho más secillo para los grupos takfiries echar mano de los residuos nucleares abandonados.

Europa hace años que viene deshaciéndose de ese tipo de basura enterrándolo en países del tercer mundo o arrojándolos sobre sus costas. De caer en manos de terroristas -si todavía no ha sucedido-, la potencia letal de al-Qaeda y Estado Islámico podrían aumentar geométricamente. Más allá del flagrante atentado medioambiental contra la población y la geografía, reciclados y bien operados estos residuos convertirían lo de Charly Hebdo en una travesura infantil.

Washington y sus aliados europeos, junto a Arabia Saudita y Qatar, ha dotado a estas organizaciones de armamento de última generación.

Todo está dado en el Sahel para convertirse en el nuevo epicentro del “terrorismo internacional”: hambre, población desarticulada, gobiernos corruptos y mucha riqueza en sus subsuelos. Si no pueden controlar a los salafistas, el Sahel se convertirá definitivamente en Sahelistan.

1 comentario
  1. Victoria Silva
    Victoria Silva Dice:

    Comparto tu análisis de ciertos elementos, pero creo que esos factores que señalas como intrínsecos a la generación de un escenario terrorista no son del todo acertados. De todos modos existe un gran alarmismo en todos los foros sobre terrorismo de este país (con algunas excepciones) donde el Sahel es el reino de todos los males. Nadie habla de cómo damos dinero a Estados frágiles, cuyo status no importa cuando se trata de la “guerra contra el terror”, pero que, evidentemente, no están capacitados para llevar a cabo aquello que les solicitamos.

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