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El rompecabezas yemení

Itxaso Domínguez de Olazábal 

El pasado mes de septiembre, Yemen -para algunos el gran olvidado de la “Primavera Árabe”– volvió a inundar los titulares de medios nacionales e internacionales. A pesar de la decisión del Gobierno, en un intento de poner fin a protestas y sentadas incesantes, de dimitir y dar paso a un Gobierno de tecnócratas, la inestabilidad ha ido creciendo día a día y los acontecimientos posteriores han descarrilado el país hasta llevarlo al borde del Estado fallido. El actor en boca de todo el mundo es la secta chií de los Houthis, que convocó las protestas iniciales y ha ido ganando terreno incursión a incursión, batalla a batalla, tanto en el ámbito territorial como político. El amago de golpe de Estado de 19 de enero de 2015 no ha hecho sino dejar más claro que nunca lo delicado de la situación.

Y ello a pesar del éxito relativo y muy cacareado de la Conferencia para el Diálogo Nacional, que logró el consenso entre un número no desdeñable de actores que representaban a la mayoría de la población y puso en bandeja de plata a sus socios y detractores una Hoja de Ruta que sentaría las bases de la transición. Un texto que sin embargo adolece de términos extremadamente vagos y, entre otros problemas, no resolvía el eterno dilema de la estructura del Estado. El proceso político sigue en teoría en marcha, en virtud del Acuerdo Nacional para la Paz y el Reparto del Poder, adoptado el 21 de septiembre bajo los auspicios de Naciones Unidas tras el cambio de Gobierno. El pasado domingo fue de hecho presentada en sociedad una nueva Constitución. Los Houthis sin embargo denuncian que no se ha tenido en consideración su opinión a la hora de redactar la Carta Magna. Quizás el hecho de que se tendrían que ver obligados a desarmarse de acuerdo con el acuerdo de septiembre tenga también algo que ver.

Los Houthis -movimiento también llamado Ansarullah- no han tomado sólo las riendas del Norte, sino que siguen en control de la capital -por el que lucharon junto a facciones del Ejército fieles al antiguo Presidente Ali Abdallah Saleh y ante la que el actual Presidente Rabbu Mansour Hadi decidió no batallar- y han extendido su dominación hacia el sur y a lo largo de la costa del Mar Rojo. Dominan ya 9 de los 21 gobernorados. Y a pesar de lo que puedan afirmar análisis simplistas, no se trata sólo una cuestión sectaria, sino que los llamados “rebeldes” parecen los únicos dispuestos a gritar a los cuatro vientos las deficiencias del proceso político, que arrastra viejos vicios, políticos gerontocraticos y una corrupción y clientelismo endémicos. Los rebeldes también se erigen como los únicos dispuestos a encararse con al-Qaeda -rama que se declaró responsable del atentado contra Charlie Hebdo en París, un rol que el ejército yemení dejó de cumplir hace ya años.

Sin embargo está lucha si que es percibida por algunos como una provocación al conflicto sectario entre los chiítas (Zaydis) del norte y los sunitas (Shafais), un conflicto que -al igual que ha ocurrido en muchos países de la región- no había surgido nunca antes en el país del Golfo, que tiene a sus espaldas una historia en la que las tribus garantizaban un sólido equilibrio de poder. Los propios Houthis también se han visto en numerosas ocasiones enfrentados por tensiones tribales seculares a sus vecinos chiíes. Enfrentamiento sectario éste que se perfila como arma perfecta de reclutamiento para los grupos yihadistas. Los analistas también apuntan a una presencia creciente de la Organización del Estado Islámico, que sin embargo parece estar en esta ocasión en buenos términos con al-Qaeda en la Península Arábiga.

Los contrincantes de los Houthis defienden sin embargo una visión bien distinta del movimiento, y lo consideran una mera milicia iraní, un peón más del régimen de los ayatollahs para extender su influencia y ganar una batalla en la “Guerra Fría” que le enfrenta a Arabia Saudí, país clave en la transición de 2012. Algo de lo que Teherán, a pesar de que ambos actores pertenecen a ramas distintas dentro del chiísmo, también ha alardeado en repetidas ocasiones. Otra cara del conflicto que levanta sospechas y frunces de ceño es la alianza oportunista de los Houthis con el antiguo Presidente Saleh, amnistiado tras su salida y con un considerable margen de maniobra en la escena política del país, como confirmaban las sanciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas de 7 de noviembre por su implicación en la creciente inestabilidad. Se posiciona esto al origen de la alienación de su Partido -el Congreso General del Pueblo, actor clave dentro del proceso de transición. El propio Presidente pertenece al partido en el poder, pero se ve amargamente enfrentado hoy por hoy a sus correligionarios. Han surgido también tensiones con el partido islamista (suní) al-Islah, que se muestra crecientemente reticente frente a sus eternos oponentes en el poder y los representantes chiíes.

Aumenta asimismo el temor a que los Houthis también luchen en parte para que un montañoso norte vuelva a recobrar la posición dominante de la que un día -precisamente hasta la revolución republicana de 1962- disfrutó, en virtud de sus antecesores Hachemitas, que se reclaman descendientes de Mahoma. De hecho, los avances de los Houthis también han avivado los llamamientos a la independencia por parte de los tradicionales secesionistas en el sur del país, a pesar de que fue en gran parte gracias a estos que se adoptó la Hoja de Ruta de enero de 2014. La lógica que siguen es que ya no basta con el federalismo con el que en principio se conformarían los propios Houthis. A su favor está el que quizás los socios del Golfo, antes de ver cómo Irán controla indirectamente todo el país, apoyen esa opción.

Todo ello en un contexto en el que Yemen se enfrenta a problemas abismales, de entre los que destaca una situación económica especialmente preocupante. El indicador más claro es el déficit fiscal, que corre el riesgo de crecer exponencialmente si los saudíes, temeroso de que los aliados de su gran enemigo disfruten de sus fondos, cumplen con su amenaza de suspender la ayuda financiera de aproximadamente 4.000 millones de dólares al año que comenzó a facilitar en 2012. Los recursos petroleros son insignificantes en comparación con sus vecinos y, lo que es peor, disminuyen a un ritmo alarmante. Yemen es el país más pobre de la Península Arábiga y el segundo país más pobre del mundo árabe, acechando en la lista muy de cerca a Mauritania. El país presenta hoy la segunda tasa de desempleo más alta del mundo, que llega hasta el 50 %, de acuerdo con datos del Centro de Investigaciones para el Desarrollo Social y Económico. El desempleo juvenil es particularmente grave, y las perspectivas en este sentido no son nada halagüeñas, ya que el país tiene un altísimo índice de natalidad consecuencia del cual han nacido varias generaciones de “baby boomers”. Muchas familias dependen de las remesas de los yemeníes que trabajaban en Arabia Saudí, sin duda una de las principales razones por las que el Consejo de Cooperación del Golfo no tuvo reparos en intervenir cuando lo consideraron necesario.

Los problemas más acuciantes en el ámbito social son la pobreza, la insuficiente calidad de vida, y la inexistencia de verdaderos servicios sociales. Carencias humanitarias graves también han sido denunciadas en numerosas ocasiones, en particular en relación con la fuerte presencia de al- Qaeda en la Península Arábiga y los contra-ataques de aviones no tripulados pilotados desde Estados Unidos, así como la inseguridad rampante que se está convirtiendo en la norma en casi todas las regiones. Un vacío de poder constante en el que destacan las diferencias en el seno de la élite -quizás los únicos capaces de poner fin a la inestabilidad- deja tras de sí una situación más que volátil en la que todos los partidos cuentan con su propia milicia. Se agudizan la insatisfacción y desesperación populares -aún más profundas en el caso de los jóvenes que organizaron las primeras revueltas, como demostró la decisión de eliminar los subsidios al petróleo –que el pasado año representaron un gasto de cerca de 3 millones de dólares, casi un tercio de los ingresos del Estado- desencadenante de las protestas del pasado verano, de lo que se aprovecharon en gran medida los rebeldes. Por si fuera poco, los Houthis no parecen tener un verdadero programa político, y únicamente se nutren del descontento. Mientras que todo el mundo se centra en Siria y sus alrededores, Yemen se enfrenta a la tormenta perfecta. 

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