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“El régimen de al-Bashir administra el país con una estrategia de ‘un riesgo diferente cada día'”

Traducción de Darío López Estévez*

Al-Ṣādiq al-Mahdī, ex primer ministro sudanés y líder del partido de la Umma Nacional, ha pasado ya más de dos años y tres meses en El Cairo, donde llegó en julio de 2014, tras su puesta en libertad por parte de las autoridades sudanesas después de un período en el que estuvo detenido. Aquí, lejos de Jartum, podría ser condenado a un “destierro voluntario”.

Al-Mahdī, quien es considerado uno de los mayores dirigentes históricos de Sudán, desvela, en un coloquio con Al-maṣrī-l-yawm, su decisión de volver a Jartum, asegurando que tal decisión “ya ha sido tomada” y que “el partido ha formado una comisión para asegurar el marco necesario para mi regreso tras mi ausencia en el extranjero”.

El líder de la Umma Nacional considera que el Diálogo Nacional Sudanés es “defectuoso” y que sus resultados les convienen a quienes han participado en él, pero deja fuera a otras numerosas e importantes fuerzas políticas. A continuación, el texto del coloquio:

La conclusión de la asamblea del Diálogo Nacional es el evento más relevante que ha acontecido en Sudán en los últimos días… ¿Cree que sus resultados serán el comienzo de la solución a las crisis que atraviesa el país o que complicará considerablemente las cosas?

El régimen sudanés ha impuesto una agenda única, de inspiración ijuaní, la cual siempre ha tenido una aguerrida oposición. La hubo en el sur debido a que dicha agenda intentaba imponer una cierta identidad islámica y árabe y, como todos saben, la gente del sur, en su mayoría, no son ni árabes ni musulmanes, y fue precisamente esto lo que hizo que este problema derivara en una profundísima guerra, patrocinada desde fuera, que al final se saldó con la independencia del sur.

Tras dicha independencia, el régimen ha hecho frente a numerosos problemas, entre ellos los relativos al pueblo fur, a las regiones del Nilo Azul y Kordofán Meridional, y a las fuerzas políticas; así que ha optado por el diálogo. El presidente al-Bashir me visitó en agosto de 2013 y me preguntó acerca de la solución al problema. Yo le recordé que la solución comprende tres pasos: el cese de la guerra, la gobernación y la constitución. Además, requiere que todos estén de acuerdo, sin que nadie sea excluido ni que ninguna voz se imponga sobre las demás. En enero de 2014, al-Bashir lanzó la iniciativa “al-wazba”, que se basaba en diálogo de todas las fuerzas, pero nosotros, desde el partido de la Umma, criticamos dos puntos. El primero era la falta de garantía de libertades. El segundo, que el diálogo discurriera bajo la presidencia del Partido del Congreso Nacional y no bajo una presidencia neutral. Por eso rechazamos participar, pero el diálogo continuó con muchos otros partidos y movimientos armados que entregaron las armas. Nosotros, el partido de la Umma, junto con el Frente Revolucionario Sudanés, conformamos lo que se denominó el Llamamiento a Sudán, que se mostró contrario a dicho diálogo interno.

Pero la Unión Africana también lanzó una iniciativa para el diálogo Sudán-Sudán…

La Comisión Africana de Paz y Seguridad, perteneciente a la Unión Africana, lanzó una iniciativa y nombró a un alto comité para el seguimiento del diálogo en Sudán diferente del Diálogo Nacional. Como resultado de estos esfuerzos, se llegó a un acuerdo que aprobó una hoja de ruta, una agenda sobre la que se debería basar el Diálogo Nacional. El gobierno sudanés la firmó en marzo de 2016 y nosotros, el Llamamiento a Sudán, la firmamos en agosto del mismo año. En ella, se instaba a que tuviera lugar una reunión bajo la tutela  del expresidente sudafricano, Thabo Mbeki. La idea de tal diálogo paralelo era llevar a cabo medidas para la construcción de un clima de confianza a través del cese al fuego, la liberación de los detenidos, la garantía de libertades, el consenso sobre una agenda por la paz y un acuerdo de gobierno. Después de todo ello, comenzaría el diálogo interno.

El diálogo interno dotó al régimen de una grandísima relevancia en un momento en el que se encontraba cerca del colapso. Es de notar que los resultados de dicho diálogo no están a la altura de lo esperado, pues debería haber sido inclusivo, sin que nadie fuera excluido y sin que nadie se impusiera sobre los demás. En segundo lugar, el debería haberse guiado por las recomendaciones de seis comisiones y, sin embargo, el documento resultado del diálogo difiere mucho de dichas recomendaciones. Por ende, el diálogo era deficiente. No sólo a juzgar por los objetivos que se había marcado, los cuales he mencionado anteriormente; sino también por la fallida aplicación de las recomendaciones de las comisiones. En tercer lugar, el diálogo no se compromete con la ejecución de lo acordado por el régimen en el extranjero. Estos son los motivos por los que los resultados del diálogo favorecen a quienes han participado en él, mientras que no satisfacen a muchas otras fuerzas importantes. Por ello, si el régimen considera que las actuales conclusiones del diálogo interno ponen fin al mismo y que todas las fuerzas deben aceptarlas, en mi opinión se está llevando al país a una aguda polarización. Es decir, si el régimen considera que el diálogo está concluido y las mayores fuerzas del país consideran, al mismo tiempo, que el diálogo no responde a sus demandas, es probable que responsabilicen al régimen, lo que podría llevar a una levantamiento popular especialmente ahora, que la coyuntura del país se encuentra bastante turbia en términos de seguridad. El régimen hace la vista gorda antes las importantes cuestiones de seguridad, lo que nos ha llevado a una situación económica agonizante. Prueba de ello es la reciente revalorización del dólar, que ha aplastado el valor de la divisa nacional.

A todo ello hay que añadir el problema de la política exterior. El régimen sudanés está incluido en la lista de países patrocinadores del terrorismo de acuerdo con la resolución 63 del Consejo de Seguridad de la ONU y muchos de sus responsables están perseguidos por la Corte Penal Internacional.

Tampoco hay que olvidar el programa en curso para los países pobres altamente endeudados, en virtud del cual Sudán podría disfrutar de una condonación de aproximadamente 50 millones de dólares de deuda; así como las sanciones económicas que se han impuesto sobre Sudán, que le cuestan cada año cerca de 745 millones de dólares. Todos estos son asuntos que podrían resolverse si se hubiera llegado a algún acuerdo sobre el fin de la guerra y la consecución de una estabilidad democrática. De igual manera, si no se hubiera llegado a este acuerdo político, todos estos serían asuntos con lo que se podría ejercer presión sobre el régimen.

Estoy convencido de que el régimen optará por decir que el acuerdo suscrito ha sido consensuado con todos los participantes y que se compromete a dialogar, fíjese usted, ¡qué régimen!, con quienes no han participado en él bajo el paraguas de la hoja de ruta que ha sido acordada. Es posible que las posiciones cambien con el fin de llegar a un acuerdo político que ponga fin a la guerra y que se llegue a un acuerdo para conformar un gobierno transitorio, así como para redactar la Constitución. Es algo probable.

¿De veras hubo un contacto telefónico entre usted y el presidente al-Bashir?

Sí que lo hubo. El pasado 10 de octubre.

¿Qué se dijo durante esa llamada?

Cumplidos y deseos. Me dijo que estaban convencidos de que tanto yo como el partido de la Umma habíamos dejado un vacío en Sudán y que esperaba que lo ocupásemos. Yo le respondí que nosotros queríamos que hubiera un diálogo inclusivo y que el diálogo actual no nos satisfacía, pero que aspirábamos a participar en el diálogo pactado en virtud de la hoja de ruta.

Es decir, que la conversación mantenida entre al-Bashir y yo fue un intercambio de deseos. Ellos quieren que participemos en el diálogo y nosotros queremos que se comprometan con la hoja de ruta. 

¿Cree que tal llamada es indicativa de una bonanza de intenciones por parte del régimen?

No hay duda de que el régimen sudanés coopera conmigo porque es consciente del peso popular que tenemos el partido de la Umma. Es por ello que siempre aspiramos a participar en todas las cuestiones nacionales aunque estemos en las filas de la oposición. Esto es sabido en Sudán y no significa que haya ningún acuerdo político.

Y eso explica que ponga sus condiciones para volver a Jartum…

Yo no pongo ninguna condición para volver a Jartum. Quería volver cuando se firmara el cese de las hostilidades. Ahora vuelvo a Jartum,  cosa que llevaba intentando hace tiempo,  y lo hago acompañado de muchos de los que apuestan por la paz, que ahora quieren ser partícipes de la pacificación del país. Condicioné mi regreso a un cese de las hostilidades, pero temo que eso no es posible. Pienso que mi vuelta a Sudán no vendrá acompañada de un cese de hostilidades ni de cualquier otra iniciativa del mismo estilo. Muy por el contrario, es muy necesario que, a mi regreso, asuma responsabilidades populares y organizativas, y por eso el partido ha constituido una comisión con el fin de preparar mi venida en el momento y ambiente adecuados. Como he mencionado anteriormente, mi decisión de volver a Sudán ya está tomada, y la comisión se encargará de preparar la coyuntura adecuada para que vuelva tras mi ausencia en el extranjero.

¿Tienen garantías de que el régimen no tomará ninguna medida contra usted, teniendo en cuenta que huyó del país después de haber sido detenido?

No quiero ninguna garantía. Creo firmemente que la detención de cualquier persona es un combate de carácter político. No hay duda de que el régimen está profundamente arrepentido de haberme detenido, tal y como lo han expresado todos ellos. Respecto al Partido de la Umma, en lugar de debilitarme, mi detención nos ha reportado ganancias políticas. No se puede amenazar a un pez con ahogarlo, no estoy preocupado por eso. Es cierto que el régimen puede adoptar una de dos posiciones. La primera, una actitud cordial por la que considere mi regreso como una “rama de olivo”; la segunda, una actitud agresiva por la que mi regreso, no siendo acompañado de un acuerdo, suponga un apoyo a la oposición. Debe adoptar una de estas dos posiciones. Yo no sé qué harán y no espero ninguna garantía porque, como ya he dicho, tal y como están las cosas, no creo que si se me detuviese se fuera a obtener alguna ganancia política. Al contrario, aumentaría la unidad y la oposición populares. Por eso volveré, independientemente de cómo la visión que el régimen tenga de ello.

¿Qué lectura hace de la participación de ʿAbd al-Fatāḥ al-Sīsī y los presidentes de Uganda, Chad y Mauritania en la sesión final del Diálogo Nacional?

Todos esos regímenes están afanados por lograr un entendimiento mutuo. Su situación securitaria así lo requiere. En mi opinión, todos los que han asistido a la sesión final del Diálogo Nacional han querido mostrar su unidad y su oposición a entrometerse en los asuntos internos de los demás. Para garantizar la seguridad de esos regímenes es necesario que se entiendan los unos con los otros. Estoy convencido de que el régimen ha hecho un buen desembolso para que obtener una legitimización regional a través de la asistencia de esos presidentes a la sesión final del Diálogo Nacional. Al mismo tiempo, el régimen sudanés asegura que asistirá allí donde los estados vecinos le necesiten. Es sabido que ésa es la manera que tienen estos regímenes de darse y devolverse favores.

¿Cómo ve el desarrollo de la relación entre El Cairo y Jartum actualmente?

Hay cuestiones pendientes que son fundamentales. Ambos regímenes, el sudanés y el egipcio, son diferentes por una razón principal: los Hermanos Musulmanes. Esta organización participa en el gobierno de Sudán y el mismo régimen sudanés es de inspiración ijuaní. En Egipto, por el contario, el régimen considera terroristas a los Hermanos Musulmanes. Es un aspecto que no se puede obviar.

Por otro lado, tanto Sudán como Egipto han estrechado alianzas regionales diferentes e incompatibles. Sudán es aliado de Catar y Turquía, países que Egipto culpa que inmiscuirse en sus asuntos internos. Estoy convencido de que Egipto no ve con buenos ojos las alianzas regionales de Sudán. En lo que concierne a Libia, el régimen sudanés apoya la refundación del país en Trípoli, mientras que Egipto apoya el Parlamento de Tobruq y al general Jalifa Ḥaftar, comandante del Ejército Libio, quien está en contra de la refundación de Libia en Trípoli. Otra de las cuestiones se remonta a la firma del acuerdo Tīrān wa Ṣanāfīr entre Egipto y Arabia Saudí, en el que se establecía la frontera egipcia en el paralelo 22, donde se encuentran Ḥalāīb y Šlātīn, que todavía es un punto de divergencia entre las dos partes. En mi opinión, lo que ha ocurrido y lo que ocurre ahora es que, pese a que hay diferencias de primer orden, existen necesidades, en mi parecer prácticas, como el comercio, los pasos fronterizos y la convivencia entre los dos gobiernos. Yo lo llamo “existencia de factores tácticos que requieren la cooperación de dos gobiernos”. No se tratan los temas candentes, pero al mismo tiempo, ello no permite que la relación vaya más allá.

Hay quien afirma que el régimen sudanés está intentando cambiar el mapa de sus alianzas regionales, evidencia de lo cual sería su participación en la alianza árabe para apoyar la legalidad en Yemen y su destacable relación con el presidente ugandés Museveni…

En mi opinión, el régimen sudanés se mueve en una línea estratégica en la que prima el riesgo de cada día.

No estoy de acuerdo con la entrada de Sudán en la guerra de Yemen. Es una guerra civil y no nos atañe. Es cierto que los huzíes han llevado a cabo acciones que han alertado a Arabia Saudí, y ha pasado lo que ha pasado, pero Sudán podría haber jugado un rol en la reconciliación, puesto que esta guerra es, al fin y al cabo, sectaria. Yo he pedido desde el principio un cese al fuego, creo que es una guerra sin nada que ganar, una guerra de dos perdedores. No existe guerra sectaria alguna en la que haya un vencedor.

Con su intervención en esta guerra, ¿el régimen sudanés está sacrificando su relación con Irán?

En Oriente Medio, Irán y Turquía son dos estados con características que no nos permiten no tener buenas relaciones con ellos, pues son dos estados importantes y juegan un papel de primer orden en la región. En mi opinión, nuestro país debe convivir tanto con Ankara como con Teherán, no sólo porque son dos estados fuertes, sino también por su profunda influencia en nuestro país, donde viven chiíes y suníes. En este momento, es preciso pujar insistentemente por la reconciliación entre estas dos ramas el Islam, porque esta lucha sectaria no lleva a ninguna parte.

Turquía es un país basado en la democracia con experiencia democrática, tal y como Irán. Ambos gozan de una enorme relevancia en la región. 

Actualmente, ¿no podría parecer eso que usted propone un asunto de difícil consecución dadas las intromisiones extranjeras en los problemas de la región?

¿Por qué de difícil consecución? No ha habido en el mundo mayor agresión que la que hubo entre católicos y protestantes en Europa, o que entre alemanes y franceses; y sin embargo, ahora han superado esa etapa. No se ha derramado en la Tierra más sangre de la que se derramó en Europa en la Primera y Segunda Guerras Mundiales, donde murieron más de 80 millones de personas. Si ellos han superado esos horrores, nunca vistos antes en la historia de la Humanidad, ¿por qué no seríamos nosotros capaces de superar nuestras diferencias?

Es verdad que la región está afectada por problemas de gran envergadura, pero se pueden solucionar; no por la vía militar, sino por la pacífica, mediante la consecución de la paz. No hay más remedio que tomar consciencia de que somos nosotros quienes debemos resolver nuestros problemas. La única manera de acabar con las guerras étnicas y religiosas que asolan la región es la política, no la militar.

Recientemente ha habido síntomas de superación de las diferencias sudano-estadounidenses así como un diálogo entre los dos gobiernos. ¿Volverán a la normalidad las relaciones entre Jartum y Estados Unidos?

La administración estadounidense ha reiterado ante el régimen sudanés su deseo de mejorar sus relaciones, para que este último participe en el control de la emigración ilegal hacia Europa y en la lucha contra el terrorismo en la región. Eso será posible sólo bajo dos condiciones. La primera, el fin de la guerra y la reconciliación del pueblo de Sudán, y la segunda es que el régimen sudanés juegue un papel positivo en la solución de los problemas de Sudán del Sur. Desde mi punto de vista, las bases para un acuerdo con los estadounidenses están ahí, pero hace falta que el régimen sudanés dé los pasos necesarios.

La Gran Presa del Renacimiento Etíope es uno de los temas que más preocupan al pueblo egipcio. ¿Cree que está en proceso de resolución o que se está complejizando aún más, especialmente después de que algunos elementos etíopes hayan acusado a Egipto de los últimos acontecimientos en Etiopía, acusaciones desmentidas por el presidente ‘Abd al-Fatāḥ al-Sīsī?

Es lamentable. Quizás recuerde usted la reunión que tuvo lugar entre el anterior presidente Muḥammad Mursī y los líderes de numerosos partidos egipcios. La reunión fue mandada en onda cuando los asistentes creían que se trataba de un encuentro secreto. Allí, algunos hablaron de provocar un levantamiento de los oromo o de colaborar con Eritrea. Desde ese momento, los etíopes poseen declaraciones de dirigentes políticos egipcios que hacen pensar que Egipto podría estar detrás de todo eso. Los etíopes están obsesionados con esta idea, al igual que los egipcios están obsesionados con la idea de que los etíopes colaboran con Israel. Este tipo de obsesión existe.

En lo referente a la Gran Presa del Renacimiento Etíope, tanto en Egipto como en Sudán estamos en un período, digamos, de guerra fría. El acuerdo suscrito en 1959 para la repartición de las aguas del Nilo dejó fuera a los países de la cuenca alta, quienes querían participar y no se les dejó. La repartición de la aguas del Nilo se realizó entre dos estados, provocando una situación de guerra fría entre los países de la cuenca. No hay otra cosa que una a los estados del alto Rift y de la cuenca etíope que su posición contra nosotros. De hecho, el anterior presidente etíope, Meles Zenawi, me dijo en su momento: “los sudaneses y los egipcios nos aislasteis y rechazasteis hablar con nosotros acerca de las aguas del Nilo pese a que nosotros también somos, como mínimo, parte interesada. Llegará un día en el que actuaremos unilateralmente, al igual que vosotros también lo hicisteis”. Yo le transmití estas palabras al ex presidente egipcio, Ḥusnī Mubārak, y me respondió: “a quienquiera que ponga sus manos sobre el Nilo se las cortaremos”.

¿Esa conversación se produjo directamente entre usted y el expresidente Ḥusnī Mubārak?

Sí. Le transmití lo que me había dicho Zenawi. Después de ello, creo que los etíopes han llevado a cabo su amenaza. Habría sido posible evitar esto desde los años cincuenta del siglo pasado si hubiéramos abierto el tema de las aguas del Nilo y hubiéramos sido conscientes de la necesidad de debatir la cuestión como una oportunidad de desarrollo no sólo entre Sudán y Egipto, sino también con los otros estados que también aspiraban a desarrollarse.  Sin embargo, no lo hicimos, y ahora se enfrentan a nosotros, como hemos visto. La Gran Presa es sólo una parte del programa de desarrollo etíope y, en mi opinión, están dispuestos a aceptar llenar la presa de manera que no afecte al caudal del Nilo en la cuenca baja, pero se puede llegar a un acuerdo sobre ello.

Supongo que se refiere a los puntos de divergencia en las negociaciones entre los tres países…

Como le he dicho, se puede llegar a un acuerdo sobre estas cuestiones. El problema no es ese. El verdadero problema es que la cantidad de agua que le corresponde a Egipto es de 55 billones de metros cúbicos, una cantidad que le era suficiente cuando tenía 30 millones de habitantes, pero ya supera los 90 millones. Por tanto, el problema no es la cantidad que le corresponde a Egipto, sino el aumento de dicha cantidad. Lo que se busca ahora es la manera de incrementar su porción.

Esa porción puede ampliarse mediante un acuerdo. No hay nadie que pueda modificar el aprovisionamiento de los 55 billones de metros cúbicos de agua que le corresponden a Egipto pero, como ya he dicho, no le bastan. Eran suficientes en 1959 pero ya no lo son.

Mediante la Gran Presa, Etiopía podría producir más electricidad de la que consume, pudiendo exportar el sobrante a Egipto y Sudán. Egipcios y sudaneses debemos  pensar desde una lógica desarrollista acerca del agua y su aumento, las tierras agrícolas, la electricidad, la seguridad alimentaria… Todo esto requiere de voluntad política y de una visión realista en los tres países. Necesitamos movernos hacia un ambiente de confianza mutua. No se trata sólo de la presa.

*Enlace a la entrevista original: http://today.almasryalyoum.com/article2.aspx?ArticleID=522959&IssueID=4123

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