, , , , , , ,

Una ola de neoautoritarismos recorre el mundo árabe

Por Cristina Casabón

Los ecos de la revolución árabe de 2011 se han apagado, y con la excepción de Túnez, el resto de los países que experimentaron el “despertar árabe” han entrado en una dinámica de neo-autoritarismo. Se ha hecho eco ampliamente de este resurgir autocrático, no solo entre las fuerzas democráticas de todo Oriente Medio, también en los medios de comunicación, las élites políticas, y entre los estudiosos de la política árabe.

El resurgimiento autoritario puede parecer sorprendente, pero tras la denominada “primavera árabe”, algunos estados – en particular Libia y Yemen – dejaron un gran vacío institucional, mientras que en la mayoría de otros países las instituciones centrales del Estado se mantuvieron prácticamente inalteradas, independientemente de la suerte de los líderes individuales. No se hizo prácticamente ningún avance en la reforma de las instituciones del Estado, y no se ha impulsado un nuevo espacio político que recoja las aspiraciones democráticas de los nuevos partidos.

Los regímenes árabes no sólo sobrevivieron a los levantamientos, sino que adaptaron sus tácticas y prácticas para hacer frente a los retos específicos asociados con el resurgimiento de la política de masas, a la implicación de la sociedad en la política. Esto se ha podido llevar a cabo con la connivencia de dos superpotencias – Arabia Saudí e Irán -, que juegan un papel central por su implicación regional tras la denominada primavera árabe. Sin sus inyecciones monetarias, el puño de hierro de estos gobiernos no se sostendría ni una semana. 

Hay que hablar de un autoritarismo más moderado en países como Jordania, Marruecos, Argelia, y gran parte de los países del Golfo, donde los cambios son en forma de nuevas y más sofisticadas estrategias de modernización autoritaria. En estos países asistimos a un “autoritarismo moderno“, como denomina Freedom House, en el cual las élites del régimen parecen haber introducido cambios en sus políticas, haciendo mínimas concesiones y desarrollando nuevas tácticas para controlar y contener las masas descontentas.

Por otro lado, un segundo grupo de países, entre ellos Siria, Bahrein y Egipto, cuentan con modelos de autoritarismo más represivos. En el caso de Egipto, según The Economist, Al Sisi es peor que Mubarak, y ha dado un golpe de estado de libro para situarse en el poder. Por citar un ejemplo, las autoridades egipcias y bahreinís han acabado violentamente con movimientos opositores que antes formaban parte del debate político, e incluso de los parlamentos. Esto ha venido acompañado de represiones violentas contra civiles y medios de comunicación, condenas de muerte en masa… Estos regímenes buscan proyectar una imagen de estados fuertes, pero en realidad solo se han vuelto más autoritarios. 

En ambos modelos autoritarios puede observarse un deterioro de los derechos y libertades de la sociedad, y se muestra una incapacidad para abordar las crisis sistémicas masivas de empleo y mejorar las condiciones de inseguridad económica, que son especialmente agudas entre los jóvenes. Como indica Steven Heydemann, en ‘The Arab Thermidor: The Resurgence of the Security State’, parece poco probable que tengan éxito en la estabilización de su control en el medio-largo plazo, pues han demostrado poca capacidad para resolver ninguno de los problemas subyacentes que impulsaron las revueltas árabes en 2011.

Estos gobiernos conciben la función de la economía de una forma muy distinta, para ellos la prioridad no es proporcionar estándares de vida más elevados, sino enriquecerse a sí mismos y a la élite dominante, para asegurar que la máxima cantidad de recursos acabe en sus propias mano. La combinación de inadecuadas políticas económicas y la corrupción rampante son los dos principales obstáculos para el saneamiento y el crecimiento de la economía.

Maged Mandour hace un recorrido por los cinco pilares que sustentan estas autocracias árabes en Open Democracy. El autor cita la falta del desarrollo capitalista, las alianzas autocráticas regionales, el modelo de dependencia de los flujos externos de capitales, la ausencia de una concepción de los intereses ciudadanos, así como el mismo modelo de autocracia árabe como las causas de la pervivencia de las autocracias. “Así, en conclusión – dice Mandour -, se podría argumentar que los orígenes de la autocracia árabe se encuentran en las estructuras sociales de las sociedades árabes, lo cual hace que el éxito de un sistema democrático liberal sea muy difícil.”

Los gobiernos saben que el incremento de los estándares de vida es una de las claves que permite salir de esta espiral negativa. ¿Por qué no se hace nada al respecto? Porque hay soluciones alternativas más baratas, más fáciles, como promover determinadas políticas regionales para buscar aliados y proveedores de ayuda económica. De esta forma, el objetivo no es proporcionar un nivel de vida digno a los ciudadanos, sino enriquecer a las élites.

Desde el punto de vista de estos regímenes, las aspiraciones democráticas no son percibidas como un movimiento de cambio, que busca construir países más prósperos y democráticos, sino que los que las promueven son percibidos como enemigos del régimen a los que hay que combatir – literalmente. Así es como las protestas han costado la vida de miles de personas, han derivado en guerras y persecuciones de grupos políticos y religiosos. 

Además, cada vez son más comunes las democracias legítimas con características autoritarias. Una de las más conocidas es la Turquía de Erdogan que encarcela a periodistas por llamarle ‘dictador‘ y limita la libertad de expresión de los medios de comunicación y el acceso a redes sociales como YouTube o Twitter. ¿Podría ser esto otra forma de autoritarismo moderno?

La duración y la gravedad de este período peligroso de neoautoritarismos dependerán de la calidad de la respuesta de los Estados democráticos. La influencia de las democracias occidentales sobre estos autoritarismos, no obstante, es cada vez menor, pues estos países cada vez dependen menos de Occidente para la inversión extranjera y la asistencia militar. En su lugar, las dos potencias regionales van a jugar un papel importante a la hora de decidir los futuros político-económicos, y todo parece indicar que no se abordarán los problemas estructurales.

Esto derivará en sistemas aún más represivos y excluyentes organizados para contener la amenaza de una población joven y descontenta. En su encarnación actual, las trayectorias de gobierno autoritario parecen ofrecer poca base para el optimismo entre los que durante mucho tiempo han esperado que la prosperidad y la democracia se abran camino en la región.

1 comentario

Trackbacks y pingbacks

  1. […] años más tarde, con la excepción de Túnez, se observa una creciente ola de autoritarismos en la región. El resurgimiento autoritario es una consecuencia del gran vacío institucional de […]

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir