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El Irak que viene después de Daesh

Por Marta Gª Outón

El equilibrio de poder en la región se sustenta en la distribución de influencia sobre los países de una rama del islam u otra. El destronamiento de Arabia Saudí con la apertura económica internacional a Irán, el apoyo del régimen sirio por parte de las fuerzas chiíes (de Irán y el Líbano), además de la imparable presencia militar rusa en favor del gobierno y la devastación de la vecina Yemen por el levantamiento de las fuerzas chiíes hutíes ha puesto en peligro, a ojos de los dos gigantes suníes de la región, la influencia de esta rama del islam.

En Irak, el gobierno de Al Abadi ha iniciado una “caza de brujas” para reparar al Estado del estigma de la corrupción y, para asentar, finalmente, la verdadera influencia gubernamental sobre el país, ha empezado por eliminar la presencia suní o kurda del poder (con el procesamiento del ministro de Defensa -suní- y el ministro de finanzas -kurdo-) para continuar con la lucha entre el resto de grupos chiíes que también se disputan la silla del trono; es una limpieza de las personalidades “del tiempo viejo” (de la era del 2003) para reemplazarlas por personalidades de la nueva Irak. No obstante, que suceda esta persecución en un momento en el que la lucha contra el Daesh y la desintegración del país necesita sobretodo un papel del Estado fuerte y estable, debilita aún más sus estructuras, ya vulnerables sin representación y falta de unidad.

El Estado de Irak se desintegra entre dos fuerzas chiíes de direcciones opuestas que se enfrentan por el dominio representativo de un país mayoritariamente suní. Una de las fuerzas está dirigida por el ex primer ministro Al Maliki, representante del orden antiguo del país, el cual pretende recuperar de las manos del actual jefe de estado, Al Abadi, la cabeza del gobierno político -el partido de Dawa- y la del estatal. Cuenta con el apoyo de las Fuerzas de Movilización Popular (Hashd al Sha’abi) , Hadi al Ameri, a la cabeza de la Organización Badr, y otros líderes respetados al ser protagonistas de la ofensiva contra el Daesh. La segunda fuerza está representada por un clérigo popular, Muqtada al Sadr, que ha sido protagonista de varias movilizaciones populares llamando a la reestructuración del estado mediante la expulsión de la vieja élite para romper con el orden tecnócrata de Irak y la influencia de Irán. Las peleas entre ambos grupos no hacen más que quebrar aún más el poder político del país, en vez de reforzar los puntos que presentan en común y que son aliciente suficiente como para establecer una dirección conjunta: ambas son fuerzas chiíes y representan una unidad política-militar determinante en la lucha contra el Daesh y ambas buscan reestructurar las instituciones y fortalecer el poder estatal; no obstante, el grupo de Maliki está acogiendo un papel más fuerte e independiente gracias a la actividad de sus grupos paramilitares y no va a querer ceder esa posición privilegiada. Lo que está claro es que el futuro de Irak está cada vez más lejos de las manos de Al Maliki, cuyos tiempos de gobierno han sido vinculados al nacimiento del Daesh y a el enorme agujero político-económico del país. No obstante, sin un camino gubernamental fuerte, Irak seguirá siendo un juguete en manos de múltiples actores del tablero de juego.

El fortalecimiento del poder chií en Irak se suma en Siria a la imparable fuerza de las milicias fieles a esta rama del islam, apoyadas por la Guardia Revolucionaria de Irán y por las fuerzas del régimen alauita de Assad. Turquía ha detectado la estrategia de Irán y su aliado sirio para expandir su influencia por la región, aprovechándose del caos y la consecuente reestructuración de los países afectados por la guerra para expandir el sectarismo sobre la población suní (al ser además de la rama islámica también defendida por los integristas del autoproclamado Estado Islámico y Al Qaeda), y por eso ha dicho que no va a abandonar a su gente en la batalla de Mosul.

El primer ministro turco, Binali Yildirim, ha asegurado que no va a retirar a sus fuerzas del campo iraquí de Bashiqa a pesar de las amenazas recibidas por algunas milicias chiíes protagonistas en la lucha contra el Daesh, que han mostrado una preocupante violación de derechos humanos contra la población suní, y los levantamientos populares en favor de su salida, defendiendo su responsabilidad para con sus conciudadanos turcos y amparándose en la presencia de tropas de unos 63 países. No obstante, el estigma hacia la presencia turca va más allá de la saturación de nacionalidades; como se ha indicado anteriormente, Irán y sus aliados en Irak buscan reforzar su influencia en el país con una predominante presencia chií en los asuntos regionales y Turquía representa, aquí, una amenaza para lograr este objetivo al ser Mosul la batalla clave para expulsar al Daesh del territorio iraquí y al estar presente las fuerzas kurdas, enemigo natural de Erdogan. Ahora, tras la “caza de brujas” y sin el apoyo del ministro de defensa iraquí, más favorable a los intereses suníes y cercano a Ankara, la presencia militar turca puede desencadenar un mayor conflicto, amplificado por la fatwa (orden) lanzada por un clérigo chií en favor de la lucha contra “los ocupantes turcos” y declarada como “deber moral y religioso”.

La respuesta en Irak de Turquía, país mayoritariamente suní que con su cambio político-religioso postula para el liderazgo político-religioso en la región, a este violento apoderamiento del poder e influencia por parte de Irán y la rama musulmana del chiismo puede ser determinante, al igual que la ofensiva sobre la ciudad suní de Mosul. La era post’2003 ha marcado un fuerte sectarismo entre los chiíes y los suníes, del que se ha aprovechado el Daesh, y se ha potenciado, de forma silenciosa, en los últimos años con el protagonismo de las milicias chiíes. La población suní que se encuentra atrapada en Mosul ve con temor la posible liberación de esta ciudad protagonizada únicamente por grupos paramilitares afines a Irán y ampara en una ciudad que, históricamente, se ha opuesto a la dominancia chií. La participación en la lucha contra el Daesh de unas fuerzas u otras en la liberación de su centro político en Irak reflejará el futuro de un país que está cerca de ser tomado por la fuerza por la rama chií.  

The Irak which comes after Daesh

The balance of power in the region is based on the distribution of influence on the countries of a branch of Islam or another. The dethronement of Saudi Arabia with the international economic opening to Iran, support the Syrian regime by Shiite forces (Iran and Lebanon), plus the unstoppable Russian military presence in favor of the government and devastation in neighboring Yemen by lifting the Shiite forces Hutties has endangered the eyes of the two Sunni giants of the region, the influence of this branch of Islam.

In Iraq, the government of Al Abadi has started a “witch hunt” to repair the state of the stigma of corruption and to settle finally the real government influence over the country. It has started to eliminate the Sunni or Kurdish presence from the power (with processing the Defense Minister -Sunni- and the Finance Minister -Kurd-) to continue the struggle among the other Shiite groups to get the chair of the throne, in dispute; It is a cleansing of the personalities from the “old time” (2003 era) to be replaced by personalities of the new Iraq. However, this persecution happens in a time when the fight against Daesh and the disintegration of the country needs, above of all, a strong and stable state to safe the weakens of the structures and the vulnerability of the disunity.

The State of Iraq disintegrates between two Shiite forces facing opposite directions by the representative domain of a mostly Sunni country. One of the forces is led by the former Prime Minister Al Maliki, representing the old order in the country, which seeks to recover from the hands of the current head of state, Al Abadi, the head of the political party -Dawa- and the government of the state. It has the support of the Popular Mobilization Forces (Hashd to Sha’abi), Hadi al Ameri, head of the Badr Organization, and other respected leaders, protagonists of the offensive against Daesh. The second force is represented by a popular cleric, Muqtada al-Sadr, who has been featured in several popular demonstrations calling for the restructuring of the state by the expulsion of the old elite to break with the technocratic order in Iraq and the Iran’s influence. The fights between the two groups do little more than break even more the political power in the country, rather than reinforce points which they have in common to establish a joint management: both are Shiite forces and represent a political unit in the fight against Daesh military and both seek to restructure institutions and strengthen the state power; however, the group of Maliki is hosting a stronger and more independent spirit thanks to the activity of their role and the paramilitary groups will not want to give this privileged position. What is clear is that Iraq’s future is out of the hands of Al Maliki, whose government times have been linked to the birth of Daesh and the enormous political and economic hole of the country. However, without a strong government, Iraq will remain a plaything of multiple players on the game board.

The strengthening of the Shiite power in Iraq in Syria joins the unstoppable force of the faithful to this branch of Islam militias, supported by the Iranian Revolutionary Guard forces and the Alawite Assad regime. Turkey has detected the strategy of Iran and its Syrian ally to expand its influence in the region, taking advantage of the chaos and the consequent restructuring of the countries affected by war to expand sectarianism on the Sunni population (being linked to the Islamic branch defended by the self-proclaimed Islamic State and Al Qaeda), and so he has said he will not leave his people in the battle of Mosul.

Turkish Prime Minister Binali Yildirim, said it will not withdraw its forces from Iraqi field Ba’shiqah despite the threats received by some Shiite militias protagonists in the fight against Daesh, which have shown a disturbing violation of human rights against the Sunni population, and the popular uprisings in favor of their departure, defending their responsibility to their Turkish fellow citizens and relying on the presence of troops from some 63 countries. However, the stigma towards the Turkish presence goes beyond the saturation of nationalities; as noted above, Iran and its allies in Iraq seek to strengthen their influence in the country with a predominantly Shiite presence and Turkey represents, here, a threat to achieve this goal to be Mosul a key battle against Daesh in the Iraqi territory and here are present the Kurdish forces, natural enemy of Erdogan. Now, after the “witch hunt” without the support of the Iraqi Minister of Defense, more favorable to the Sunnis and close to Ankara’s interests, the Turkish military presence can trigger a major conflict, amplified by the fatwa (order) launched by a Shiite cleric in favor of the fight against “the Turkish occupiers” and declared as “moral and religious duty”.

The answer in Iraq from Turkey, mostly Sunni with his political and religious change running for political and religious leadership in the region, to this violent takeover of power and influence by Iran and the Muslim branch of Shiism can be decisive, like the offensive on the Sunni city of Mosul. The post’2003 has marked a strong sectarianism between Shia and Sunni, used by Daesh, and has been enhanced, silently, in recent years with the main role of the Shiite militias. The Sunni population trapped in Mosul view with fear the possible release of this city starring solely by paramilitary groups allied to Iran and shelters in a city that historically has been opposed to the Shiite dominance. The participation in the fight against Daesh of one kind of forces or others in the release of its political center in Iraq reflect the future of a country that is close to being taken by force by the Shiite branch.

 

 

 

 

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