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El intervencionismo iraní a debate

Por Cristina Ariza

Bahréin ha dado un paso más en la escalada de tensión con Irán con la orden de retirada de su embajador de Teherán y del embajador iraní de Manama, de acuerdo con la creencia de que Irán estaba contribuyendo a la inestabilidad sectaria de la región.

Las revueltas de la mayoría chiita del país contra la monarquía Jhalifa son recurrentes desde 2011, si bien no han sido tan encarnizadas como los conflictos vecinos de Siria o Libia y apenas han sido difundidas por la prensa internacional. El 30 de septiembre de 2015, las autoridades de Bahréin descubrieron un cargamento de armas y explosivos, que ha conllevado la detención de varios individuos con conexiones a Irán, acusados de conspirar contra la monarquía. En consecuencia, el Gobierno sunita de Bahréin ha roto relaciones diplomáticas con Irán.

El movimiento ha tenido un efecto dominó en Yemen, azotado por la insurgencia huzí desde comienzos del 2015, que ha aplicado la misma medida y ha retirado a su embajador iranī. Qatar se ha ofrecido a albergar una sede para el diálogo entre ambas partes, alegando que el problema no es el conflicto suní-chií, sino la tensión regional entre los países del Golfo e Irán.

Directos al contexto

La «guerra fría» por excelencia de Oriente Medio es la guerra proxy entre Irán y Arabia Saudí, el referente chiita contra el baluarte suní. Gran Bretaña y Rusia ya marcaron una tendencia en la evolución de la guerra, que de ahora en adelante no se libraría de forma directa sino que utilizaría peones en diferentes tableros. Conocida como el «Gran Juego», esta lucha por ganar influencia en Asia acabó con Afganistán como el principal damnificado. Ahora, el resultado más visible de la nueva guerra es Yemen, con Arabia Saudí apoyando a una facción e Irán a otra, todo ello unido a una inestabilidad creciente de la que Al Qaeda en Yemen se está aprovechando para acrecentar su poder. Una replica de esta lucha suní-chií se está librando a menor escala en varios países de la región, que verifican que las divisiones sectarias siguen al alza.

Irán, potencia chiita por excelencia, tiene vínculos, aunque escasos, con facciones importantes de varios países de Oriente Medio: Bashar al Assad en Siria, la insurgencia huzí en Yemen, el gobierno chiita de Irak y organizaciones “terroristas” como Hezbolá en el Líbano. Fuera de este escenario, el Gobierno iraní mantiene una relación sólida con la Rusia de Putin, principalmente por motivos geopolíticos, ya que ambos son socios comerciales en el terreno energético.

La política de Irán desde la revolución islámica que derrocó al Sha en el 79 ha sido relativamente intervencionista, aunque la línea preferida de actuación ha sido la «diplomacia encubierta» en sustitución de un enfrentamiento directo. No obstante, Teherán no ha dudado en enarbolar la bandera del chiismo en pos de garantizar una mayor representación de las minorías en países de mayoría suní.

En 1980, Irán ya se percibía como una amenaza revolucionaria, al menos por Sadam Hussein, que no dudó en declararle la guerra para evitar, entre otras razones, la sublevación de su propia comunidad chiita. El componente chiita, pese a haber sido el hilo conductor de la política exterior iraní desde 1979, tampoco es un impedimento insorteable para el establecimiento de alianzas insólitas. Hekmatullah Azamy, analista para el Centre for Conflict and Peace Studies de Kabul, y Abubakar Siddique, influyente autor del libro The Pashtun Question: The Unresolved Key to the Future of Pakistan and Afghanistan, apunta a un posible contacto entre algunas facciones de los talibanes afganos con el régimen de Irán.

Mawlawi Awas y Mawlawi Zakir, dos miembros del movimiento talibán, podrían haber entrado en contacto con Teherán para, si bien no solicitar un apoyo directo a su insurgencia, tantear una colaboración que permitiese a los talibanes alejarse del influjo de Pakistán.

La amenaza del Estado Islámico que se cierne sobre algunos puntos de Afganistán podría constituir un enemigo común para ambos y establecer las bases de una alianza tácita. De forma paralela, el periodista Peter Berger concedía en 2013 una entrevista a la CNN en la que aseguraba que el refugio de algunos familiares de Osama bin Laden y Al Qaeda en Irán respondía a una cooperación puntual y estratégica de intereses: Irán podría utilizar la presencia de miembros de Al Qaeda como moneda de cambio para agilizar la retirada de sanciones y Al Qaeda consideraba que Irán era un refugio más seguro que Pakistán.

No obstante, la política iraní es un arma de doble filo. Por un lado, ha instigado la división sectaria en países vecinos, para acrecentar su poder regional y hacer frente a Arabia Saudí. Por el otro, la desastrosa situación económica ha obligado a Irán a abrirse lentamente a la cooperación con la comunidad internacional. La firma del pacto nuclear puede ser en este sentido una piedra angular en el desarrollo de nuevas alianzas, y parece que China emerge como el mejor postor.

La reciente visita del Ministro de Exteriores, Javad Zarif, a Beijing para negociar las implicaciones que el pacto tendrá para ambos países, ejemplifica el potencial de una colaboración estratégica. Zarif ha declarado que tanto China como Irán tienen «intereses comunes» en la región, y subrayó como ejemplo la situación de Yemen y Siria. China, además de la posibilidad de aumentar el flujo energético de gas y petróleo, ve en Irán una oportunidad de contrarrestar la influencia de EEUU en la región, que aún así se ha visto mermada en los últimos años.

Por su parte, Israel, el principal opositor al desarrollo de un programa nuclear en Irán, ha visto en consecuencia perjudicada su relación con EEUU, ante la negativa demócrata de detener las negociaciones y el acercamiento unilateral de Netanyahu al partido republicano. Obama ha declarado que si hay indicios en el futuro de que Irán está desarrollando la bomba nuclear, responderá con fuerza si es necesario, sin embargo, Israel necesita más garantías. En su último discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, el presidente israelí ha recalcado que tanto ISIS como Irán son el enemigo común, y que «cuando tus enemigos luchan entre ellos, no apoyar a uno, debilita a los dos». También ha avisado que Israel no se quedará de ‘brazos cruzados’ ante los desarrollos nucleares de Irán, a pesar de que las demás potencias hayan respaldado el acuerdo.

La mejora de relaciones con EEUU, socio de Arabia Saudí, se ilustra en las declaraciones del presidente Rouhani, que ha subrayado recientemente que el intercambio de prisioneros entre Estados Unidos e Irán es cada vez más factible. A pesar de que una alianza del calibre ruso-iraní entre ambos países resulta del todo improbable, la situación en Siria puede agrandar los intereses comunes, que por el momento parecen pasar por fortalecer al gobierno chiita de Irak.

Ambos objetivos, el salir del aislacionismo y el proteger la comunidad chiita, confluyen en Siria. La retórica anti-chiita del Estado Islámico, más poderosa que la empleada por los talibanes y Al Qaeda, es una preocupación creciente para Irán, que ha suavizado el discurso en contra de Estados Unidos con vistas a protegerse. El conflicto con el Estado Islámico o DAESH en sus últimos compases ha dotado a Irán y especialmente a Rusia de un protagonismo inconcebible, al menos si se analiza en retrospectiva con las primeras manifestaciones en Siria. Ambos actores han emergido como una vía alternativa al estancamiento europeo, incapaz de llevar a cabo la iniciativa en el conflicto. Según fuentes libanesas, Irán tiene planeado comenzar una intervención militar a la par que Rusia sigue bombardeando objetivos estratégicos.

Perspectivas de futuro

En definitiva, Irán tiene varios frentes abiertos, aunque la firma del pacto nuclear favorece un acercamiento a Estados Unidos y a China. Su posicionamiento como eje en Oriente Medio dependerá en gran medida de lo que ocurra en Irak y en Siria. La implicación de los kurdos en el conflicto puede también acercar las posturas de Turquía e Irán, ya que el territorio que los kurdos reclaman, a primera vista a cambio de enfrentarse al Estado Islámico, afectaría a ambas fronteras.

Sin embargo, el enfrentamiento con Arabia Saudí no parece tener una solución a corto plazo, y la incentivación de divisiones sectarias, especialmente en Yemen, puede favorecer el debilitamiento de un frente unido ante la emergencia del Estado Islámico y de otros grupos terroristas, que seguirán aprovechando la retórica sectaria de Irán y Arabia Saudí para agrandar su poder.

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