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El gobierno de Egipto ante la amenaza yihadista: camino de represión, camino de radicalización

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Alberto Ginel Saúl 

Este análisis tiene por objeto dar algunas pinceladas que ayuden a describir el escenario regional actual –en gran medida, nacido de la ‘Primavera Árabe’- considerando a Egipto, como es, una pieza fundamental dentro de la región. Por desgracia, existe hoy por hoy en Medio Oriente y el Norte de África un elemento que reclama prácticamente la atención de todo el mundo: el aparente salto cualitativo dado por el yihadismo con la amenazante marcha del Estado Islámico y su fulgurante y exitosa estrategia de expansión territorial.

Así, cabría preguntarse algunas cuestiones sobre la posición de Egipto en el convulso tablero regional a la luz de los acontecimientos recientes y sus posibles desarrollos futuros: ¿cuál es el grado de amenaza yihadista que se cierne actualmente sobre Egipto? ¿Hasta qué punto son estrechos los lazos del IS con facciones radicales establecidas en el  territorio? ¿En qué medida la actual política interior y de seguridad del gobierno de Al-Sisi puede ser efectiva para neutralizar el desafío?

Pese a la vocación eminentemente expansionista del IS y sus proclamas en pos de un califato internacional, el grupo parece saber medir sus propias fuerzas, elegir sus batallas y además, leer aquellos contextos sociopolíticos que potencian sus intereses. Estos contextos –o “caldos de cultivo”- no son otros que los del aprovechamiento de la inestabilidad provocada por divisiones religiosas profundas y sectarias o por agravios de todo tipo (socio-económicos, étnicos, asociados a persecuciones políticas…) en pos de la radicalización.

En Irak y Siria, prioridades estratégicas actuales del grupo radical suní, en tanto países que han visto caracterizada su vida política interna por la división sectaria entre chiíes y suníes, ante la total ausencia de power-sharing intercomunitario (más situaciones de vacío de poder tras 2003 en el caso de Irak y en el marco de la guerra civil siria desde 2011) el contexto parece propicio para ser instrumentalizado por y hacia los objetivos del IS.

Varios analistas identifican similares estrategias de aprovechamiento de las fracturas sociales en otras áreas como las repúblicas exsoviéticas de Asia Central, donde al resurgir religioso que siguió al colapso del bloque soviético ha de sumarse una lectura por parte del yihadismo (ya desde el Islamic Movement of Uzbekistan) de los agravios de tipo étnico, socioeconómico y aquellos provocados por la no pocas veces indiscriminada represión de los gobiernos, con el fin de reclutar a adeptos radicalizados bien para grupos locales, bien para el Estado Islámico.

Por lo que respecta a la situación de Egipto, si bien la amenaza del IS puede resultar todavía lejana en el espacio y no hay –por ello- tanto que temer como por ejemplo en Líbano o Jordania, apreciamos alguna dimensión interesante a considerar.

En Egipto, efectivamente, la fractura suní-chií no parece tener en términos de política interna, ninguna capacidad explicativa a diferencia de lo que sucede en otros países ya mencionados (Siria, Irak o el propio Líbano). Aquí, la fractura social (entendida como premisa para la radicalización), podría venir dada por el agravio y la persecución política sistemática del gobierno de Al-Sisi contra todo lo que identifica como “movimientos opositores”. Es más, el gobierno parece haber encontrado en la “amenaza terrorista” y la inestabilidad regional la excusa perfecta para abatirse sobre todo tipo de grupos y desplegar unos niveles de autoritarismo, incluyendo arrestos en masa, condenas a muerte y privación de derechos y libertades políticas capaces de rivalizar –y tal vez superar- a aquellos desplegados por los gobiernos de Mubarak.

En este punto no hay que olvidar que el ejército “recuperó” su poder en la figura de Al-Sisi arrebatándoselo a Morsi y sus “Hermanos Musulmanes”, movimiento que no ha dejado de ser hostigado y laminado desde entonces. Sirva como ejemplo la condena a muerte de 183 simpatizantes de este grupo que hemos conocido hace unos días. El grupo –a través de sus portavoces-  sigue comprometido con la vía política pese a la proscripción de sus actividades y con los métodos pacíficos, pero el riesgo de radicalización de algunos de sus elementos en respuesta a la persecución constante y a la represión sistemática del gobierno no debe ser despreciado.

Menos aún cuando existe, ya, en Egipto un grupo yihadista que ha prestado juramento de lealtad al Estado Islámico. Se trata de Ansar Bayt al-Maqdis, grupo principalmente implantado en la región del Sinaí y surgido en el convulso contexto de la Revolución de 2011.

Su actividad, redoblada en 2013 con el derrocamiento de Morsi, se ha desarrollado sobre todo en la propia región del Sinaí, aunque no han desaprovechado la oportunidad de llevar el terror y la muerte a las propias calles de El Cairo y otros puntos del país. Entre sus acciones más significativas se encuentran los repetidos ataques a los conductos de gas natural del norte, ataques a edificios gubernamentales (especialmente vinculados a los cuerpos de seguridad e inteligencia, como el atentado contra la comisaría de Mansoura en diciembre de 2013 que causó la muerte de 17 personas o los ataques de octubre de 2014 contra posiciones militares egipcias en Arish que acabaron con la vida de 33). También han reivindicado el derribo de un helicóptero militar en el Sinaí en enero de 2014 o el lanzamiento de cohetes sobre la vecina Israel, interceptados por el Iron Dome.

Existe, pues, un grupo terrorista local con una capacidad mortífera creciente y afiliada de algún modo al Estado Islámico, bestia negra de los gobiernos de la región. El último acto terrorista reivindicado por el grupo es bien reciente: data del 29 de enero del presente año, provocó la muerte de 32 personas en varios ataques simultáneos y de diversa metodología, desde el coche bomba hasta el mortero, lo que hace pensar en un paso adelante en cuanto a coordinación y “audacia”. Una amenaza seria para los egipcios. El gobierno de Al-Sisi trata de aprovechar políticamente la percepción de dicha amenaza por la población para meter en el mismo saco a Hermanos Musulmanes y Ansar Bayt al-Maqdis, llegándoles a atribuir atentados cometidos por los segundos sin importar que estos sean condenados por la hermandad, con el fin último de justificar la política de laminación del que es su rival político más potente y organizado.

Meter en el mismo saco a peligrosos y sanguinarios terroristas afiliados al Estado Islámico y a los simpatizantes del que fuera partido de gobierno tras las elecciones democráticas de 2012 es una estrategia interesada y potencialmente desastrosa. El gobierno egipcio busca su consolidación exterior y demuestra su liderazgo regional al enfrentar decididamente una amenaza terrorista con vínculos internacionales. Sin embargo, se equivoca profundamente cuando busca una consolidación (más en términos de mera política interna) al chocar una y otra vez contra los Hermanos Musulmanes –y el resto de la oposición pacífica- a cuyos simpatizantes persigue, encarcela y elimina con la excusa de la política contraterrorista.

David Barnett, analista que se ha centrado muy particularmente en la actividad de Ansar Bayt al-Maqdis, alertaba en un reportaje para The Guardian de una manera muy gráfica de las consecuencias de esta política persecutoria y de equiparación de los Hermanos con la actividad terrorista. Escribía Barnett, “parafraseando” a un imaginario terrorista que interpela a un imaginario simpatizante de los Hermanos Musulmanes: “La perspectiva pacífica está bien si quieres seguir siendo asesinado. Estamos aquí para defenderte, los Hermanos no pueden hacerlo.”

No sabemos cuántos jóvenes egipcios habrán escuchado ya frases similares a esta, cuántos de ellos –afectados además por un desempleo endémico y la falta de perspectivas personales- habrán llegado a la fatal conclusión de que las manifestaciones masivas (principal herramienta política de la Hermandad) no llevan más que al arresto, la cárcel y no pocas veces la ejecución tras juicios masivos sin garantías. Cuántos de ellos habrán pensado que es hora de “defenderse”.

La represión, la destrucción absoluta de las vías políticas pacíficas y la alimentación permanente del agravio son terreno abonado para la radicalización como ya ha demostrado muchas veces la estrategia yihadista. Existiendo una amenaza real, el gobierno egipcio no necesita agitar ante su sociedad otra ficticia, sino –por el contrario- tratar de unir a esta sociedad contra el fanatismo y el horror que “proponen” el Estado Islámico y sus franquicias.

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