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El falso confort de la estrategia antiterrorista

Por Cristina Casabón

En septiembre de 2014, una nueva coalición internacional de más de 60 países, incluidos muchos de Europa, se preparaba para destruir la amenaza que plantea el Daesh, inaugurando una etapa más proactiva en materia de seguridad que ha desplazado el apoyo a las aspiraciones democráticas y a la defensa de los derechos humanos en Oriente Medio y Norte de África (MENA).

En línea con esta coalición y como señala el último Scorecard del European Council on Foreign Relations, 2014 fue el año en que Europa lanzó una visualización de la región MENA principalmente a través del prisma de la seguridad: “Este año, los instrumentos europeos para hacer frente a la crisis han sido inadecuados […] La lucha contra el terrorismo ha sustituido al apoyo a las transiciones democráticas como la consigna de las políticas europeas en la región MENA” dice este informe.

Todo apunta a que el aumento de la amenaza yihadista también va a marcar la agenda europea en 2015. El pasado 19 de enero, la jefa de la diplomacia de la Unión Europea (UE), Federica Mogherini, firmó un acuerdo de cooperación con el secretario general de la Liga Arabe, Nabil Al-Araby, tras una reunión de los cancilleres de la UE en Bruselas. Mogherini anunciaba: “discutiremos cómo mejorar el nivel de cooperación contra el terrorismo con los socios y países de la región que comparten las mismas preocupaciones que nosotros.”

La cooperación en materia de seguridad con regímenes no democráticos para hacer frente a una amenaza terrorista parece un anuncio inofensivo y justificable desde el punto de vista estratégico, pero ello no debe permitir que las viejas estructuras de poder permanezcan inamovibles en gran parte de los países que vivieron el despertar de la ‘Primavera Árabe’.

Julien Barnes-Dacey, Ellie Germayeh y Daniel Levy avisan en un artículo conjunto del European Council on Foreign Relations que “este nuevo blanco -el Daesh- se utiliza para consolidar el status quo de gobiernos no representativos que precisamente promueven la dinámica regional que alimenta el terrorismo.”

En Egipto se ha visto cómo el régimen está utilizando instrumentos de coacción en nombre de la amenaza terrorista. Tras los recientes atentados en El Sinaí reivindicados por Ansar Bayt al-Maqdis, rama del Estado Islámico en Egipto, el Presidente Abdul Fatah al-Sisi dijo el 31 de enero que “Egipto tiene que hacer frente a los ataques a las fuerzas armadas” de parte de la “organización secreta más fuerte del mundo”, haciendo referencia a los Hermanos Musulmanes. Ese mismo día, el Tribunal Administrativo de El Cairo determinó que el brazo armado del movimiento islamista palestino Hamás, las Brigadas Izadín Al Qasam, son un grupo terrorista. El Presidente no hace distinción entre la Hermandad, el Estado Islámico o las Brigadas Izadín Al Qasam.

Por otro lado, el apoyo internacional al gobierno represivo de Al Sisi no es sólo un desastre para las esperanzas de Egipto de un futuro democrático; sino que envía un mensaje terrible a la región. El Daesh ahora puede argumentar de manera creíble que la violencia es el único camino para conseguir llegar al poder, porque cuando el islamismo ganó en las urnas fue expulsado.

La selectiva preocupación de Occidente en  Siria también es cuestionable. En medios como Time o The New York Times, Assad empieza a ser considerado un mal menor al lado del grupo terrorista, y la falta de una respuesta contundente a los crímenes del régimen sirio hace que éste se presente como la única fuerza capaz de hacer frente a las atrocidades de Al Assad y sus secuaces.

En Iraq, la formación de un nuevo gobierno no ofrece un escenario mejor. Al Maliki se dedicó a amedrentar y marginar a los suníes en Iraq, echándolos en brazos de las organizaciones yihadistas. Finalmente, en verano de 2014 fue obligado a renunciar, siendo después reemplazado por Haider al-Abadi, aunque lejos de ser apartado del poder, fue elegido como Vicepresidente. El nuevo líder ha prometido una forma de gobierno más inclusiva, pero las milicias chiítas y fuerzas gubernamentales están aprovechando la movilización del poder aéreo estadounidense para lanzar una “campaña sectaria” más amplia en Iraq.

Mientras tanto, el gobierno iraquí sigue lanzando ataques militares indiscriminados en zonas civiles, el poder judicial corrupto y abusivo sigue sin ser reformado, y las llamadas de Abadi a que se ponga fin al abuso siguen sin aplicarse. A largo plazo, completar estas reformas será al menos tan importante como la acción militar para proteger a los civiles de las atrocidades del Daesh.

En este delicado contexto regional, el 27 de enero Obama realizó una visita al Reino Saudí, para presentar sus condolencias por el deceso del rey Abdullah. No existen indicios de que la política exterior Occidente vaya a sufrir grandes cambios en la nueva etapa que acaba de comenzar el recién estrenado monarca saudita. No deja de sorprender la “sincera y cálida amistad” de Obama con Arabia Saudí. Como decía Ana Echagüe en El País, “el régimen ha optado por la contundente represión de cualquier atisbo de oposición […] las violaciones de los derechos humanos se multiplican, y la nueva ley antiterrorista de diciembre de 2013 se está aplicando con vehemencia para procesar a activistas de derechos humanos…”

Consultado sobre esto por la cadena CNN, el presidente estadounidense dijo que “a veces tenemos que hacer un equilibrio entre nuestra necesidad de hablar con ellos sobre asuntos de derechos humanos y las preocupaciones inmediatas que tenemos en relación a la lucha contra el terrorismo o el manejo de la estabilidad regional.”

En esencia, la amenaza del Daesh ha relegado a un segundo plano la defensa de las aspiraciones democráticas de la región, y todo apunta a que en 2015 seguiremos asistiendo a escenarios como los que se han descrito, donde la cooperación militar marca la agenda política en un clima de represión y de violencia que solo genera más radicalismo. En el ensayo introductorio del Informe Mundial 2015 de Human Rights Watch, Kenneth Roth concluye que “las violaciones de derechos humanos han sido determinantes a la hora de propiciar o agudizar muchas de las crisis de hoy”.

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