, ,

El ébola, esa “enfermedad de africanos”

Por Verónica Sánchez Moreno

Periodo de incubación, de 2 a 21 días. Entonces aparece la fiebre, debilidad intensa, dolores musculares, de cabeza y de garganta, luego vómitos, diarrea, erupciones cutáneas, disfunción renal y hepática, hasta llegar a hemorragias internas y externas. Eso hace la enfermedad por el virus del ébola (EVE o EVD en sus siglas en inglés). Eso lleva haciendo desde que en 1976 se detectase por primera vez en dos brotes simultáneos en Nzara (Sudán) y Yamburo (República Democrática del Congo), cuyo río dio el nombre al temible virus. Desde ese año hasta 2012, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), 1.590 personas habían fallecido en África debido al ébola.

No le hicimos caso, no le dimos importancia, porque solo sufrían este virus, cuya tasa de mortalidad es del 90%, en África Central. Ahí quedaba. Para la comunidad internacional y sus respectivas sociedades, el ébola era otra más de esas “enfermedades de africanos”. Tampoco se la dimos cuando empezó el brote en África occidental, el pasado mes de enero. En marzo ya habían muerto 80 personas en Guinea (que declaró oficialmente la epidemia el día 22 de ese mes), de ahí a Liberia, Sierra Leona (países en emergencia nacional y sanitaria respectivamente desde julio) y Nigeria. A principios de junio ya eran 224 los muertos por EVE que, a día de hoy, alcanzan los 1014, siendo el brote más letal de la Historia.

Y entonces, el 7 de agosto, el Gobierno español tomó la decisión de repatriar al sacerdote Miguel Pajares, el misionero que se infectó (y finalmente murió cinco días después de llegar a la Península) intentando curar en Liberia a enfermos de ébola, a esos a los que nosotros ni siquiera nos habíamos dignado a mirar más allá de alguna noticia breve en la televisión, 30 segundos en la radio o una lectura rápida en el periódico, el smartphone o la tablet. Furibundos ciudadanos preguntaban por qué, si el coste de la repatriación iba a ser muy alto, si el hospital Carlos III se había desmantelado por los recortes y ahora lo iban a abrir para el sacerdote. ¿Por qué? ¿Por qué nos traen a ese enfermo que nos puede contagiar? Era la pregunta, a veces implícita, otras manifiesta, que mucha gente se hacía en las redes sociales, al ir a por el pan o en la sobremesa con la familia. ¿Por qué? Si nosotros lo único que queremos de África son sus recursos naturales, esos que nos permiten twittear y compartir fotos con nuestros amigos de Facebook tranquilamente desde nuestros móviles inteligentes. Si a los que llegan en cayucos o lanchas de juguete ni les hacemos caso y, a poder ser, preferimos que se los lleven pronto a donde vinieron. ¿Por qué? Si nuestro primer mundo sólo se aprovecha del tercero y ya ni nos importan los 227 millones de almas que padecen de hambre en África. ¿Por qué tiene que venir ese hombre?

El ébola, un virus fuera de control, que se contagia por contacto directo con órganos, sangre, secreciones u otros líquidos de personas infectadas. Una enfermedad cuyo único tratamiento es la resistencia del enfermo, ya que cuando el paciente genera suficientes anticuerpos para neutralizar el virus, comienza la recuperación y los que la superan, quedan inmunizados para la misma cepa. De los casi 1900 infectados, dos, están recibiendo tratamiento con un suero experimental, son los estadounidenses Nancy Writebol y Kent Brantly, enfermera y doctor, respectivamente, que se contagiaron también en Liberia, al igual que el padre Pajares, ayudando a otros enfermos. Evacuados al hospital universitario de Evory, en Atlanta, donde se les administra el fármaco ZMapp, y con el que parece que están experimentando mejoría (recordemos que al padre Pajares también se le suministró el mismo medicamento pero sin éxito). La OMS ha afirmado que la utilización de este suero experimental, así como de otros medicamentos cuya eficacia y efectos adversos no han sido contrastados para prevenir y atajar el actual brote de ébola es “ético” debido a las “circunstancias concretas” del mismo. La organización no podía hacer otra cosa frente a un brote por el que se ha visto claramente desbordada, declarándolo el pasado 8 de agosto “emergencia pública sanitaria internacional”  y para el que, ha afirmado, necesita 100 millones de dólares para hacerle frente.

Cada día luchan sin tregua contra el ébola, en el corazón mismo del virus, voluntarios de Cruz Roja y de Médicos Sin Fronteras, misioneros como la hermana Paciencia (la única que sobrevive de los cuatro que se encontraban aislados en el hospital San José de Monrovia, tras la muerte del padre Pajares, la hermana Chantal Motwameme y el religioso George Combey) y médicos como los fallecidos Modupeh Cole o Umar Khan. Allí miran de frente a la enfermedad que el resto intentamos ignorar y exigimos que se quede lejos. Algunos volverán para contarlo, otros no. Mientras, los países occidentales recomiendan a sus nacionales salir de los países en los que actúa el brote y no viajar a los mismos salvo caso de extrema necesidad.

“El ébola puede solucionar el problema de la inmigración en tres meses”, ha dicho Jean – Marie Le Pen, fundador y presidente de honor del Frente Nacional francés (FN). Cuyo partido, liderado por su hija, Marie Le Pen, consiguió el 26% de los votos en las elecciones europeas del pasado mes de mayo, colocándose como la primera fuerza política del país galo. Éste, y no el ébola, es el verdadero peligro para Europa.

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir