Chispas, frustración, Marruecos

Por Carlos Penedo

Un vendedor ambulante de pescado ha muerto en Alhucemas aplastado en un camión de basuradespués de que la policía le confiscara la mercancía, cuando el fallecido intentaba evitar su destrucción (media tonelada de pez espada).

El asunto es tan similar al vendedor de fruta que en Túnez se autocombustionó a finales de 2010, tras sufrir una humillación de la policía, que elegimos como inicio de la Primavera Árabe, el asunto ha movilizado a tanta gente en la calle, que la Corona marroquí ha reaccionado, anunciando mano dura o al menos que se investigará; once detenidos.

El suceso ha sido una chispa que ha provocado decenas de manifestaciones en las principales ciudades del país, concentraciones aparentemente espontáneas, convocadas conforme a la conexión instantánea, permanente e inalámbrica que marcan los tiempos en casi todo el planeta (la telefonía móvil alcanza al 80% de la población marroquí y el 60% tiene acceso a internet). Siguiendo también tendencias globales, el suceso de Alhucemas fue grabado con un móvil.

Entre los detenidos se encuentran responsables públicos de pesca, con lo que la revuelta tiene un componente añadido sectorial y la probable corrupción de funcionarios.

Historias como ésta entran como un cañón: árabes-musulmanes protestando (siempre aparecen así, o rezando), la truculenta muerte y la reacción han encontrado hueco en los medios españoles.

Resulta más difícil recordar que en las primaveras árabes los manifestantes pedían, pan, libertad y participación política, ningún contenido religioso, aunque los partidos islamistas han acabado incrementando su poder en una segunda fase fruto de su mejor organización.

Aquella primavera fue también nuestra, el descubrimiento occidental que los ciudadanos árabes tienen similares reivindicaciones políticas que nosotros, despertar intelectual que acabó con la bendición al golpe de Estado en Egipto.

Marruecos como cualquier sociedad está en movimiento y el Estado ha reaccionado en los últimos años con una tímida apertura: nueva Constitución, desarrollo del norte, elecciones más libres como las celebradas este octubre, con muy baja participación.

La edad media en Marruecos es de 27 años (41 en España), la cuarta parte de sus 32 millones de habitantes tiene menos de 14 años, la emigración parece no ser actualmente una válvula de escape como lo ha sido en el pasado, el ascensor social se encuentra averiado y sucesos como el del pescadero con una carga especial de humillación provocan el estallido social.

Lo sagrado sigue siendo utilizado para maquillar la arbitrariedad e intentar legitimar al poder político o a la Corona (ya decía Mernissi), pero con menor efectividad que en el pasado.

Las chispas sociales se producen con pertinaz insistencia, sea por las subidas del precio del pan o el butano y ahora con la venta ilegal de pescado; pero para que prenda la mecha es necesario algo más.

Quince años después de 1808 un ejército de cien mil hijos de la Francia volvió a entrar en España sin que sintiéramos amenazada la soberanía nacional.

Para canalizar el descontento social hace falta alguien que te represente, alguien que lo represente, que organice políticamente el desencanto.

Es una incógnita si ese descontento social puede tener una traducción política, en un país donde el rey controla Interior, Defensa, Exteriores y lo intenta con la religión, más parte de la economía como accionista, el primer ministro del Partido Justicia y Desarrollo navega sin sentirse totalmente responsable de cómo marcha el país y otros partidos clásicos como el Istiqlal (nacionalista de derechas) y el Socialista se han hundido tras las últimas elecciones.

En cuanto a España, tras la reelección del presidente Rajoy, habrá que interpretar por su carácter simbólico su primera visita al exterior (acudirá el 15 de noviembre a Marrakech para participar en la Conferencia sobre el Clima que organiza Naciones Unidas, pero ésta no cuenta), la actuación y el bajo perfil político de los nuevos inquilinos en Exteriores y Defensa, el impulso o no a la languideciente política exterior, entre otros lugares en el Magreb (norte de África) y Mashreq (Oriente Próximo); veremos si la actuación del nuevo Gobierno hacia Marruecos ofrece algo más que colaboración antiterrorista y diplomacia económica.

Marruecos es más que un destino para las exportaciones o la inversión empresarial española. En nuestro país viven 680.000 marroquíes y decenas de miles están consiguiendo la nacionalidad tras una década de residencia (25.000 sólo en 2015).

Hace unos años se hablaba de seguridad humana, concepto que ampliaba el foco y pretendía poner en el centro de la seguridad más a las personas que las fronteras, e incluir en el paquete la seguridad laboral; tras el desplome de la cooperación al desarrollo, en diplomacia haría también falta otro apellido más amplio que el económico o el antiterrorista, dos campos que sin duda se beneficiarían de unas relaciones entre países que profundizasen en conexiones culturales y sociales.

Chispas hay muchas. La frustración acumulada es el mejor combustible para incendiar una sociedad, en Alhucemas o Charlotte (EEUU). La clave está en si un sistema político es capaz de representar y dar respuesta al descontento, y esto es aplicable a ambos lados del Estrecho y del Atlántico.

Artículo publicado en Atalayar

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