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Sin legitimidad para negociar, Assad debe marcharse

Ilustración de Anna Parini para FT

Ilustración de Anna Parini para FT

Por Cristina Casabón

Una iniciativa de Rusia y del propio Al-Assad para llevar a cabo conversaciones de paz a partir del 26 de enero entre el gobierno sirio y la oposición en suelo ruso parece estar desmoronándose ante el escepticismo de figuras de la oposición, que ya han manifestado que no habrá acuerdo válido mientras no haya un Gobierno sirio de transición sin la participación de Assad, y que Rusia no puede ser un árbitro imparcial en las negociaciones.

Pese a que el Ministro de Exteriores Ruso, Sergey V. Lavrov, haya amenazado a los rebeldes con perder su posición en la mesa de negociaciones si no acuden a la cita en Moscú, la realidad es la contraria: Assad ya no obtiene ni la calidad de negociador ni el compromiso entre los rebeldes para negociar, ha perdido toda legitimidad.

Y si Bashar Al Assad fuese parte de la solución, tampoco podría formar parte del futuro. La familia se los Assad, sus hermanos y sus primos – docenas de primos – y sus tíos sigue queriendo perpetuarse en el poder en medio de un conflicto que se ha cobrado más de 300.000 vidas, y que ha desplazado a un tercio de la población.

Para conocer la naturaleza del régimen hay que remontarse a 1946, fecha en que termina el Mandato francés de la antigua Siria. Tras la independencia, el país fue sacudido por varios temblores: el problema de las minorías, la falta de una identidad siria distintiva, el desafío del nacionalismo árabe, el surgimiento de nuevas ideas radicales, y el conflicto árabe-israelí fueron algunos de ellos.

El Partido del Renacimiento Árabe Socialista, conocido como Baaz (renacimiento), llegó al poder en 1963 mediante una revolución, y mantuvo un monopolio sobre el poder político  que se ha perpetuado desde finales de ese año hasta la actualidad. Hafez al-Asad, padre del actual presidente, llegó al poder en 1971 al frente del partido, y fue cinco veces elegido presidente hasta su muerte en 2000. A partir de esta fecha su hijo tomaría el relevo hasta hoy.

En el plano interno, la creación del clan de los Assad fue mucho más que un conjunto de instituciones para conservar el poder. Para hacer que el régimen fuese realmente fuerte y estable, el gobierno utilizó la clásica teoría del palo y la zanahoria: los que cooperaban tenían buenos empleos, y una buena posición; mientras que la oposición del Baaz fue duramente reprimida. La propaganda antioccidental ha tenido (y sigue teniendo) un papel muy importante en Siria, y fue distribuida en las escuelas, los medios de comunicación, las mezquitas (los alauitas son considerados musulmanes chiítas), y la cultura, en línea con las necesidades y la ideología del régimen.

En cuanto a las relaciones exteriores, durante la segunda mitad del siglo XX, la alianza con la URSS fue muy importante. Cuando la Guerra Fría termina, entre los países “penalizados” por Estados Unidos se encontraban Irak, Libia y Siria. El régimen no iba a rogar por la paz, pues la paz pondría en peligro el propio clan alauita. La apertura al sistema capitalista tras la caída del muro de Berlín también se percibió como una amenaza directa en los palacios de Damasco. Siria tenía por entonces un historial de antiamericanismo brillante, y hasta el día de hoy ésta ha sido una línea constante en su política exterior.

Pero nadie contaba con un cambio del status quo en la región: la Primavera Árabe. Las revueltas contra el presidente Bashar al-Assad comenzaron en Deraa, el 18 de marzo de 2011, y sacudieron los cimientos del régimen. Los sirios no se habían levantado contra su gobierno en 40 años – el país había estado bajo la ley del Estado de Emergencia desde 1963. Tanto talento invertido en la creación de la perfecta máquina propagandística contra el enemigo exterior, Occidente, para luego tener que afrontar una revolución dentro de casa. La represión del régimen dio lugar a una larga y sangrienta guerra civil que ya dura más de tres años.

En este punto hay que resaltar la habilidad de las relaciones políticas y públicas de los Assad y sus secuaces. Construyeron un régimen que se mantiene en el poder y que sigue contando con el apoyo de grandes potencias como Rusia, China e Irán. Siria también tuvo éxito al bloquear cualquier solución que implicase un cambio político, y vistas las dificultades añadidas que presenta el escenario sirio con la amenaza del terrorismo del Estado Islámico, Al Assad ha conseguido también que este conflicto, calificado por Naciones Unidas como la peor crisis humanitaria de las últimas dos décadas, haya pasado a un segundo plano en el ámbito internacional, con más de 300.000 muertos a las espaldas, 50.000 personas desaparecidas, seis millones de desplazados internos y tres de refugiados atrapados en campamentos de los países vecinos.

No se había vuelto a negociar desde que el denominado proceso de Ginebra, patrocinado por la ONU, se estancó a principios del año pasado porque las posturas diferían en este punto: que cualquier negociación incluya la salida de Assad del gobierno.

Los miembros de la oposición invitados (miembros de la oposición interna y de la Coalición) se niegan a negociar un gobierno de transición. De todas formas, los rebeldes no esperan grandes concesiones políticas del clan de los Assad, que han elegido vivir en la confrontación para mantenerse en el poder. Nunca han mostrado interés en la vía diplomática; en 2011 tuvieron la opción de hacer una transición pacífica y renovar su gobierno, anunciar una transición hacia la democracia, un giro en las relaciones con Occidente y con sus vecinos. Pero aún creen que una victoria total puede ser lograda mediante la guerra y la violencia. 

Una perpetuación del gobierno alauita o del dictador es inaceptable. Como el gobierno es puramente cruel y malvado, ya no obtiene ni la calidad de negociador entre los rebeldes. Assad ha perdido toda legitimidad, debe marcharse.

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