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Armenia: en el nombre de la masacre

Fuente: HRW

Fuente: HRW

Por Beatriz Yubero (Turquía)

Hace cien años, en 1915 Armenia pasaría a ser historia en los libros que hoy leemos. El 24 de abril de ese mismo año comenzaría lo que algunos países han denominado como el genocidio armenio.

El primer centenario de la masacre bajo el dominio del Imperio Otomano sigue despertando en las sucesivas generaciones un rencor exarcebado hacia Turquía quien permanece firme en su postura de no reconocer lo sucedido, algo que sin duda ha marcado las relaciones políticas entre los dos países cuyas fronteras terrestres permanecen cerradas.

En el nombre de la masacre

Los cincuenta años previos a la Primera Guerra Mundial fueron desastrosos para el Imperio Otomano en el ámbito social y económico – los otomanos perdieron vastas extensiones de territorio además de realizar continuamente concesiones a los prestamistas europeos que decidirían posteriormente la desintegración del Imperio-.

Pese a la irrupción de los “Jóvenes Turcos” en 1908, esperanzadora para las minorías étnicas que vivían discriminadas por los refugiados musulmanes emigrantes hacia Anatolia, el malestar social permanecía latente y cada vez con más insistencia se percibía, desde las entrañas de la región, el odio a los cristianos, responsable de su expulsión de los Balcanes, Crimea y Cáucaso.

El nacionalismo más radical -triunvirato representado por los Pachás- se estableció definitivamente en Turquía bajo el lema “Turquía para los turcos”. Durante este década cientos de aremenios fueron sometidos a una persecución continua por parte de las autoridades competentes.

La Primera Guerra Mundial fue crucial para la cuestión armenia. La intervención otomana sería dirigida por Ismail Enver, quien asumió el mando del III ejército dirigido contra los rusos en el Caúcaso. De la sonora derrota ante los rusos se culparía al apoyo de la población armenia a las tropas del zar, al mismo tiempo que diferentes partidos revolucionarios armenios irrumpían en la sociedad exigiendo el fin de su persecución. Las autoridades bautizaron a este movimiento revolucionario como “la quinta columna armenia”.

El 24 de abril de 1915 el gobierno de Estambul ordenó el asesinato de 235 intelectuales armenios abriendo la veda a lo que posteriormente sería calificado mediáticamente como genocidio. Se ponía pues en marcha un plan de limpieza étnica cuyas bases legales serían recogidas en la Ley de Traslado y Reasentamiento.

A partir del 27 de mayo de ese mismo año comenzarían las deportaciones masivas de armenios que serían enviados a diferentes campos de concentración – los más conocidos se ubicaban en el desierto sirio-. Hombres, mujeres, niños y ancianos, eran pertinentemente segregados. La fortuna de los hombres mayores de edad pasó por la ejecución mientras que las mujeres fueron sometidas a violaciones sistemáticas. Los armenios no solamente sufrían el acoso de los gendarmes sino que además bandas de kurdos, turcomanos y circasianos atacaban a las columnas de refugiados para robarles, abusar sexualmente de las mujeres u obligarlas a contraer matrimonio. Durante esta etapa un gran número de armenias optaron por el suicidio colectivo.

Respecto al número total de víctimas, se desconoce. El resultado de la masacre se ha convertido con el paso del tiempo en una cifra estimable según los intereses políticos y económicos de quien la valore. Según las autoridades armenias, 1.5 millones de ciudadanos fueron asesinados durante este periodo, sin embargo, los nacionalistas turcos reducen la cifra hasta 300.000 víctimas, aunque en ocasiones han llegado aceptar hasta 600.000.

En la actualidad tan sólo 23 países han reconocido las matanzas sufridas por los armenios como un genocidio. Actualmente, el debate se centra en Estados Unidos, cuyo presidente Barak Obama ha negado referirse al aniversario de los hechos como genocidio pese a que 44 de los estados que conforman la Federación así lo han aceptado.

Las relaciones político-económicas con un socio como Turquía priman sobre los intereses de una población que cien años después sigue reclamando las indemnizaciones que consideran deberían realizarse al país.

Sin embargo, y pese a que Ankara jamás admita el sufrimiento armenio como causa de la que sentirse responsable, lo cierto es que fue el Imperio Otomano el que lideró la masacre y no la República de Turquía, por lo que un acercamiento a posturas más democratizadoras hacía la actual Armenia sin duda serían positivas para la imagen de Turquía y el actual conflicto que permanece estancado entre los dos países en Nagorno-Karabaj, perteneciente a Azerbaiyán.

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