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Arabia Saudí/AQPA/DAESH en Yemen: la pirámide sunní sobre los Houthi

Por Francesco Saverio Angiò

“Caos” es el término más utilizado en los últimos meses para describir la situación en la que se está hundiendo Yemen.

Este caos ha sido provocado por la actuación de unos actores locales con intereses específicos, y enseguida ha sido aprovechado también por agentes foráneos que tienen intereses geopolíticos más amplios y profundos que los relativos únicamente a la estabilidad interna del país.

En Yemen existen varias fallas transversales, siendo la primera y más importante la doctrinal: los suníes representan el 60% de la población, ocupan la parte central y meridional del territorio y el presidente Hadi es la expresión de sus intereses; sobre esta fault-line existe otra, la geoeconómica, ya que en la parte central del país se concentran los recursos petrolíferos, controlados por las tribus suníes; además, una falla ideológica es presente en la medida en que en el sur existe históricamente un movimiento secesionista de naturaleza marxista que nunca aceptó del todo la reunificación del país en 1990. Quien controla el sur, además, controla el distrito de Bab al-Mandeb, es decir el tránsito en el estrecho entre el Golfo de Adén y el Mar Rojo, chokepoint crucial para el intercambio energético mundial.

En Yemen se ha ido gestando también un yihadismo de carácter virulento, lo que, sumado al escaso control del territorio por parte de las fuerzas gubernamentales, ha llevado mucho países países occidentales (por ejemplo, EE.UU, España, Reino Unido, Francia, etc.) a retirar su personal diplomático con cierta frecuencia a partir de finales de los años noventa, sobre todo tras el deterioro del entorno de seguridad sucesivo el comienzo de las campañas en Iraq y Afganistán de Bush Jr., por temor a represalias por parte de sectores de la población radicalizados.

El país, de hecho, ha sido un santuario donde ha podido consolidarse la poderosa Al Qaeda en la Península Arábiga (AQPA), una de las filiales más activas y mortíferas de la franquicia de Bin Laden, tanto dentro como fuera de su territorio. La aparición de DAESH y la proclamación del califato ha restado proyección estratégica y visibilidad mediática tanto a Al Qaeda Central (AQC) como a AQPA, y la organización de Al-Baghdadi podría aprovechar la sublevación chií de los Houthi para liderar las acciones del salafismo radical suní en el país en clave anti-chií, suplantando AQPA en su poderosa posición de vanguardia de AQC en un lugar estratégico tanto en términos geoeconómicos como religiosos (la Península es la tierra de los dos lugares más sagrados para todos los musulmanes). La reivindicación de los atentados de París tanto por parte del autoproclamado califa como por AQPA prueba que hay una guerra en acto entre las dos organizaciones para el liderazgo.

Sin embargo, no hay que olvidar el origen de DAESH, formado por antiguos miembros de Al Qaeda en Iraq, de ahí que el grado de vinculación o solapamiento entre DAESH y AQPA tampoco queda muy claro. En Yemen, unos milicianos ex qaedistas han anunciado su lealtad a la agrupación mesopotámica. Pero no ha sido posible verificar el nivel de traspaso de combatientes, ideólogos o líderes entre las dos agrupaciones.

Como demuestra una reunión celebrada el 16 de abril de 2014 en Yemen, donde se citaron unos centenares de yihadistas, AQPA aún detiene el monopolio de la iniciativa en su territorio, donde probablemente cuenta con unos miembros afiliados más tradicionalistas y vinculados a la marca Al Qaeda, casi “fidelizados”, se podría decir.

Y el constante activismo (léase atentados) y la presencia de un enemigo común (los chiíes) contra el que actuar hace que los elementos más inquietos y radicales de la agrupación vean satisfecha su necesidad de acción, de ahí que las quimeras de la guerra santa pro-califato de DAESH aún no ha tenido la oportunidad de arraigarse dentro de los radicales yemeníes, que al parecer siguen leales a las directivas de la cúpula de AQPA y, probablemente, al flujo de dinero de poderosos financiadores, ideológicamente afines, de la cercana Arabia Saudí, con intereses en mantener el yihad activo en la Península.

Por otro lado, y en consideración de la dificultad de averiguar el grado de intercambio de elementos yihadistas, también hay que tener en consideración la posibilidad de que los dos grupos colaboren y se coordinen entre ellos, en lugar de competir en el mismo terreno, para acabar con la avanzada houthi.

Sin embargo, es poco probable que esto ocurra por varias razones:

  1. AQPA sigue siendo un actor poderoso en Yemen y ni necesita apoyo, ni tampoco tiene interés en colaborar con otra organización radical, que podría convertirse en su adversario directo; tampoco tiene ningún interés en legitimarlo como guardián de los intereses de los suníes en asuntos internos de Yemen, ni en vincular la lucha contra los Houthi con el yihad global;
  2. DAESH, pues, no ha demostrado en otro escenario bélico, como el de Siria, que cuente con voluntad para colaborar con otros grupos frente a un enemigo común, de hecho su misma voluntad de restablecer el califato es síntoma de su afán “universalizador” en la puesta en práctica de su idea monopolista y exclusivista (según esta lectura, DAESH ha creado el califato, su jefe es el califa y todos los que no juran lealtad a la nueva entidad estatal son enemigos).

Con todo, la acción paralela no coordinada de los dos grupos puede resultar efectiva a la hora de acabar con la amenaza houthi al presidente suní Hadi, pero existen serias dudas acerca de la conveniencia y oportunidad de una colaboración entre ellos, que acabarían más bien enfrentándose por el liderazgo en la Península, lo que llevaría bien un fortalecimiento de AQPA, bien su desaparición, transformación o absorción en una entidad cercana a DAESH que se sumaría a las ramas locales que en otros escenarios han jurado lealtad al califa.

Sin embargo, las actuaciones desestabilizadoras anti-houthi, puestas en marcha en tándem o por separado, de AQPA y DAESH pueden ser aprovechadas como los dos pilares a la base de una pirámide en cuyo vértice se sitúa la acción de un actor regional poderoso, como es Arabia Saudí.

Los bombardeos de marzo de 2015 de la coalición formada y liderada por los sauditas para apoyar el presidente Hadi se pueden interpretar bajo distintas perspectivas, que explican la presencia de una última fault-line visible en el escenario yemení: la eminentemente geopolítica, entendiendo con este término la relativa a las relaciones internacionales del área medio-oriental; con todo, debido a la caracterización de las entidades estatales de la región por su naturaleza no laica y la presencia de regímenes que se posicionan a lo largo de ejes sectarios y doctrinales más o menos abiertamente, el análisis geopolítico no podrá eximirse de tener en cuenta los factores religiosos.

Yemen es, de hecho, el último de los teatros donde están actuando los actores antagonistas más poderoso del área: la Arabia Saudí wahabí y el Irán paladino de los chiíes.

La decisión de intervenir de Riad se puede explicar según varios niveles de análisis, todos relacionados con los intereses más íntimos de la dinastía:

  1. a nivel interno, los sauditas pueden temer que la sublevación de los chiíes houthi encienda los ánimos de la oposición sectaria dentro del país;
  2. a nivel periférico y de relaciones vecinales, Riad se preocupa por la porosidad de las inmensas fronteras del desierto, a través de las que pueden pasar a su territorio tanto grupos armados radicales como una general inestabilidad;
  3. a nivel local, como el vecino más importante, Arabia Saudí actúa como estabilizador y pacificador de los países limítrofes;
  4. a nivel regional, Arabia Saudí representa un actor indispensable y un interlocutor irrenunciable para mantener la estabilidad y los equilibrios políticos y económicos del área medio-oriental (y hasta mundial, si se tiene en cuenta la dimensión geoeconómica de su producción petrolífera), junto con la otra gran potencia, Irán;
  5. a nivel sectario/doctrinal, la batalla que se libra a nivel regional a través del envío de asesores o apoyo financiero o presiones diplomáticas se vuelve a presentar a lo largo del eje sectario sunismo/chiismo, pues para Riad la prioridad es mantener a salvo el régimen del presidente suní Hadi (los wahabíes se caracterizan por ser una vertiente particularmente estricta del sunismo), fortaleciendo así su liderazgo en el mundo musulmán fiel a esa doctrina, mientras el interés de Teherán es apoyar las reivindicaciones de los chiíes Houthi, fomentando así la inestabilidad en el vecindario de su poderoso contrincante y creando la posibilidad de poder contar con un aliado chií en su “patio trasero”.

 

Además, Irán pretende debilitar los grupos radicales yihadista suníes, y evitar que se coordinen o que se fortalezcan regodeándose en la inestabilidad yemení, sea AQPA o DAESH, siendo éste último su enemigo directo en campo abierto en su participación a la guerra contra el “califato”, llevada a cabo por las milicias chiíes en las que participan elementos iraníes, que intentan mantener un Iraq unido bajo el gobierno del chií Maliki en Bagdad.

Si damos por hecho que financiadores sauditas apoyan o financian las operaciones de estos grupos, tanto en el escenario mesopotámico como en su frontera meridional, Riad podría beneficiarse de sus actividades, tanto en términos de ganancias de capital ideológico dentro del sunismo (un actitud blanda hacia los chiíes sublevados en un país fronterizo supondría una contradicción a la tradicional política de la casa real saudí, cuyo miembros pretenden presentarse como los únicos defensores – sin duda, entre los más conservadores – del verdadero Islam), como a nivel de control sobre sus países limítrofes e influencia geopolítica en su entorno de seguridad.

Una dinámica así estructurada podría llevar a un resultado donde el único perdedor sería Yemen, aplastado por el peso de la pirámide Arabia Saudí/AQPA/DAESH.

Fuentes bibliográficas

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