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El intervencionismo saudí a debate

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Por Cristina Ariza

2016 empieza con renovadas tensiones para Arabia Saudí. El dos de enero el país anunciaba la ejecución de 47 individuos por estar «relacionados» con el terrorismo, entre los que se incluye Faris al-Zahrani, miembro reconocido de Al Qaeda. No obstante, los medios de comunicación se han hecho más eco de la ejecución del ayatolá chiita Nimr al-Nimr, acusado de desobediencia civil y de llevar armas. Al-Nirm, destacado crítico de la monarquía wahabita, no había participado en actos previos de violencia. Las protestas en contra de su ejecución han tenido lugar en Londres, Manama, algunas ciudades de Pakistán y Yemen y en Teherán, donde los manifestantes han dado un paso más y han asaltado la embajada de Arabia Saudí.

A nivel diplomático, la situación ha escalado con rapidez. El ministro de exteriores iraní, Hossein Jaber Ansari, ha declarado que las acciones de Arabia Saudí son completamente «irresponsables» y que el país pagará un alto precio por ellas. El mismo líder supremo de Irán, Khameini, ha publicado una caricatura en la que se comparaban las ejecuciones de Arabia Saudí con las del Estado Islámico. Arabia Saudí ha respondido con la retirada inmediata de su embajador en Teherán, movimiento que ha sido secundado por Bahréin, Emiratos Árabes Unidos y Sudán, aunque en diferentes escalas. Bahréin, que arrastra desde hace años una relación plagada de tensiones con Irán por la interferencia de este último en la división sectaria del país, ha cortado toda relación diplomática. Sudán y EAU han optado por llamar a consultas a sus embajadores en Teherán, lo que deja una fina abertura temporal que puede cerrarse en cualquier momento.

Otros países han manifestado su preocupación con respecto a la inestabilidad regional desatada por estas acciones. Rusia ha reiterado la necesidad para ambas potencias de evitar conflictos sectarios que puedan aumentar la tensión regional, con vistas a Siria, país en el que Rusia tiene mucho que perder. China continúa en su línea diplomática e invita al diálogo y a la negociación. Estados Unidos apenas se ha pronunciado y se ha posicionado al igual que Rusia y China.

Lucha de gigantes
El enfrentamiento de Arabia Saudí e Irán es casi natural por las propias características de ambos países. Dejando aparte el conflicto sectario, que se ha cobrado enteros en Siria o Yemen, ambos países compiten por influencia regional y por establecerse como principales referencias energéticas. Ambos son miembros de la OPEP, la organización petrolífera cuyo poder se ha visto disminuido en los últimos meses por la emergencia de nuevos competidores, como Estados Unidos, por la revolución del fracking. El precio del petróleo ha sufrido una bajada notable, lo que ha sido recibido con mucha división en el seno de la OPEP. Irán y Arabia Saudí han tomado posiciones opuestas en el espectro de opciones. El país sunita ha decidido, al contrario que en sus intervenciones pasadas, elevar la producción; mientras que Teherán opta por cortar la producción para elevar el precio hasta que su entrada en el mercado, gracias al levantamiento de sanciones, se haga efectiva. La pérdida de influencia de la OPEP sobre el mercado puede hacerse aún más evidente con este nuevo recrudecimiento entre ambas potencias.

En la región juegan a una partida de influencias, cuya balanza es bastante más favorable hacia Arabia Saudí. Los países que conforman el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) junto con Arabia Saudí (Bahréin, Omán, Qatar, Kuwait, EAU), además de Jordania y Yemen, han condenado los ataques a la embajada y han señalado a Irán como instigador de los mismos. El pequeño indicio de colaboración que se abría con el respaldo oficial del CCG al acuerdo nuclear con Irán se complica a raíz de los nuevos hechos. La red de aliados ya está tejida. A pesar de algunas desavenencias con Qatar en el pasado, el país ha acabado posicionándose firmemente del lado de la potencia wahabita. Bahréin, aliado natural, y EAU dejan a Irán prácticamente desbancado y obligado a hacer uso de una política sectaria más incisiva para hacer valer sus intereses.

En diciembre Arabia Saudí anunciaba la creación de una coalición global musulmana de 34 Estados contra el terrorismo, que incluye a potencias como Turquía o Pakistán y que excluye, lógicamente, a Irán. La estrategia no solo está dirigida contra el Estado Islámico, sino contra las demás organizaciones terroristas que amenazan la estabilidad de los miembros. Adel-al Jubeir, ministro de exteriores saudí, no descartó posibles intervenciones militares en el futuro, que a pesar de todo se antojan complicadas por la diversidad de opiniones y la exclusión del bloque opuesto.

En la actualidad, Arabia Saudí se encuentra inmersa en la guerra en Yemen y participa en los bombardeos esporádicos contra el Estado Islámico. El conflicto de Yemen es la ecuación del enfrentamiento sectario con Irán, donde se ve con claridad la guerra proxy que ambos están librando. Si bien Arabia Saudí ha intervenido en algunas ocasiones, como por ejemplo durante los levantamientos chiitas en Bahréin en 2011, para asegurar la pervivencia de la estabilidad de las monarquías sunitas; su acercamiento a dichos conflictos no ha ido siempre por la vía militar. Su posicionamiento como líder de las principales organizaciones regionales le ha permitido ejercer como bastidor a la hora de decidir la resolución de muchos conflictos. En dichos conflictos ha conseguido, asimismo, arrastrar a sus aliados más cercanos para evitar ser percibido como el único alentador.

Contradicciones internas
Su rol como defensor de la estabilidad está oscurecido por su empeño en propagar ideas de corte wahabita por la región, que según algunos analistas ha sentado la base del extremismo y el terrorismo. Kamel Daoud denunciaba recientemente en el New York Times que los paralelismos entre Arabia Saudí y el Estado Islámico estaban justificados, ya que tiene las mismas bases religiosas que pretende imponer el grupo terrorista. La financiación de mezquitas del mismo corte es también un elemento a señalar a la hora de evaluar el impacto de Arabia Saudí como fuente ideológica. No obstante, la monarquía wahabita ve en el Estado Islámico una amenaza creciente, que se ejemplifica en la promesa de al-Baghdadi de atacar Arabia Saudí en una serie de videos diseminados tras el anuncio de la coalición saudita.

La prioridad absoluta de Arabia Saudí es la perpetuación del régimen y la estabilidad interna. En 2011 hubo intentos de protesta por parte de la minoría chiita afincada en el este del país, pero estos fueron reprimidos por las autoridades sauditas y no llegaron a ver la luz. La política del país es implacable y las ejecuciones, tanto por razones de seguridad como por disidencias políticas, son frecuentes. La participación de las mujeres en las últimas elecciones parece tan solo un intento de aplacar los ánimos.

No obstante, las consecuencias de enfatizar una política sectaria tan intensa, tanto dentro como fuera de sus fronteras, no hace más que avivar el fuego de una región que necesita más que nunca una reconciliación religiosa y étnica. Las tensiones interminables con Irán, a lo que se le suma la desconfianza continua hacia Israel—uno de los clérigos más importantes del reino manifestó recientemente que el Estado Islámico era un acólito de Israel, devolviendo el protagonismo al principal «enemigo»— no pueden sino intensificar la violencia en Oriente Medio, que se manifiesta en el crecimiento del terrorismo y los enfrentamientos sectarios.

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