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Afganistán, la sociedad entre el estadista y el resistente

Por Miguel Ángel Pérez Cano

Se ha producido el primer relevo pacífico de un presidente en Afganistán, algo que no pasaba desde hace muchos lustros. Es un acontecimiento esperanzador para un país salpicado por la guerra desde la invasión soviética de 1.979, su tortuoso paso por la guerra civil, el gobierno talibán fundamentalista y la intervención internacional.

Quien regirá los destinos de este país de Asia Central es una persona muy preparada, Ashraf Ghani, que habrá que ver si puede trabajar bien desminando el polvorín en que está convertido su país y no sucumbe a los peligrosos juegos políticos. No siempre una nación puede contar con un estadista de la talla de este hombre, que no solo fue reportero para medios de comunicación internacionales sino que también trabajó para el Banco Mundial. Es más, su buena elaboración del informe para la cumbre de donantes para Afganistán celebrada en Berlín, consiguió todos los fondos que requirió convenciendo a los gobiernos participantes de la necesidad de apoyar sus planes y las necesidades de su Estado.

No estará solo en esta misión pues le acompañará como jefe del Ejecutivo Abdullah Abdullah, eterno segundón de la política afgana desde 2.001 porque ya perdió otras elecciones presidenciales concretamente ante Hamid Karzai, en las que, por cierto, se retiró en la segunda vuelta por los escándalos de fraude en los que estas se vieron salpicadas. El otrora consejero del tigre del Panshir, Massoud, luchador contra la ocupación soviética y uno de los líderes de la Alianza del Norte, fue muy importante en apoyo de la intervención internacional, ya que permitió la rápida derrota inicial de los talibanes sobre la mayor parte del país. Veterano político y ya un clásico en las relaciones exteriores, pues no solo fue ministro de exteriores del gobierno afgano en esta etapa tras el derrocamiento talibán, sino también anteriormente cuando representaba a la facción afgana antitalibán, el Frente Unido Afgano (más conocido como Alianza del Norte).

Los dos hombres forman una sociedad dispar incluso en sus orígenes pues Ghani es de  etnia pastún y Abdullah de etnia tayik. Estas dos comunidades representan a más de las dos terceras partes de la población afgana, algo crucial para garantizar el apoyo social al gobierno. De mantenerse la unión puede ser un elemento clave en la reconciliación nacional porque este es un país de muchas etnias y cuantas más estén representadas en las instituciones, mejor para la estabilidad política afgana.

No va a ser fácil el encaje, pues ya es fría la relación entre ambos por el tema del escándalo de fraude y, de hecho, en la misma ceremonia Abdullah abandonaba prontamente el acto de traspaso de poderes y formación del gobierno conjunto. Este desplante tiene su origen en de la discusión sobre si Abdullah podía dar un discurso o no, que finalmente sí pronunció, y del tamaño del despacho de éste.

El gabinete afgano va a tener muchos retos ante sí pero el fundamental es el avance talibán y sus ambiciones, ya que, crecidos por el mismo, difícilmente admitan un consenso en las negociaciones de paz que el Ejecutivo afgano lleva tiempo tratando que fructifiquen. Otros retos acuciantes son la corrupción, la no llegada del gobierno central a todos los rincones del país no solo donde están presentes los talibanes, la existencia de señores de la guerra como el uzbeko Abdul Rashid Dostum, a los que se ha procurado contentar practicando una política de concesiones tan pragmática como peligrosa tomando medidas como incluir a Rashid en el Gobierno, y la gran pobreza que afecta al país.

Pero Afganistán avanza poco a poco. Hay que recordar que con el Programa de Solidaridad de apoyo a las poblaciones rurales y con el progreso en las telecomunicaciones, estas avanzaron notablemente de 2.001 a 2.005, ambas cuestiones precisamente impulsadas por Ashraf Ghani cuando era Ministro de Finanzas.

Las instituciones del país no avanzan. Tras tres años debería haberse notado el progreso en las mismas pero tanto en las elecciones de 2.009 como en las de 2.014 el fracaso a la hora de organizar elecciones libres de forma correcta es más que evidente. Sin ir más lejos, el importante puesto que se le ha dado a Abdullah no existe, ya que Afganistán es un régimen presidencialista donde no está recogida la figura del Primer Ministro. Es decir, se trata de un encaje virtual más que real para lograr un gobierno sólido entre los dos grandes candidatos, lo que sí se halla recogido es un vicepresidente con más poder entre los tres que debe tener el gabinete.

La estructura de las instituciones se basa en la Constitución de 1.964, en la que se inspiraron los firmantes del acuerdo de Bonn encaminado a crear un Estado afgano viable al día siguiente del éxito de la intervención militar estadounidense en 2.001, donde había que hacer un difícil juego de equilibrios no solo de etnias sino también con el Islam y los derechos civiles. Debe tenerse en cuenta que aunque no se nombra la Sharia se dice en la Carta Magna, que posteriormente aprobó la Loya Jirga, que ninguna ley puede contradecir los preceptos del Islam incluyendo la pena de apostasía, es decir abandonar la fe musulmana, convirtiendo al país en un Estado firmemente confesional.

Mientras no hay que olvidar que la razón principal de la intervención estadounidense y de la presencia de la OTAN en Afganistán fue erradicar el santuario terrorista que tenía Al Qaeda en el mismo. En esta línea y en compromiso con la estabilidad de Afganistán para garantizar que el país no se venga abajo ante los extremistas yihadistas o ante los talibanes, se ha firmado el acuerdo de seguridad, que recoge que habrá 12.500 efectivos de la Alianza Atlántica (casi 10.000 de ellos estadounidenses) durante 2.015, reduciéndose progresivamente, y presencia de equipos de información antiterrorista. Este acuerdo también señala que se destinarán 4.000 millones de dólares para las Fuerzas de Seguridad afganas que necesitan completar la profesionalización y adquirir equipamiento moderno en su totalidad. El citado acuerdo de seguridad ha sido rubricado por el embajador estadounidense, James Cunnigham (que ha sido vital mediando entre Ghani y Abdullah para que alcanzasen el gobierno de unidad), junto con los nuevos Presidentes y jefe del Ejecutivo que únicamente han tenido que plasmar su firma ya que el proceso negociador por parte afgana lo realizó el presidente saliente Hamid Karzai.

La situación de Afganistán es muy delicada y el traspaso completo de la seguridad a las Fuerzas Nacionales de Seguridad Afganas es todo un reto de difícil éxito. Pero mientras la sociedad entre el estadista, Ashraf Ghani, y el resistente, Abdullah Abdullah, permanezca unida, cuente con apoyo internacional y sepa contentar a las principales comunidades étnicas del país, habrá un resquicio de esperanza para el futuro de Afganistán y para que este país no vuelva al caos de la década de los noventa o al regreso de los talibanes al poder.

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