, ,

Afganistán: El reverdecer talibán

Un-taliban-posa-en-el-centro-d_54436939921_54028874188_960_639

Por Guadi Calvo.

En mucho más que una pesadilla recurrente se ha convertido el Talibán para el presidente Barak Obama. Según los planes de la actual administración de la Casa Blanca, a estas alturas de su mandato, Afganistán tendría que ser una cuestión resuelta, sellada y archivada.

Desde 2002, Estados Unidos ha gastado más de 100.000 millones de dólares en la reconstrucción de Afganistán; aquí se incluye la instrucción y equipamiento de un ejército de 350 mil efectivos. La “reconstrucción” de Afganistán es el proyecto más costoso que EEUU ha realizado a lo largo de su historia. Aunque prácticamente nada de lo hecho por la Agencia estadounidense para el Desarrollo Internacional, el Departamento de Estado y el Departamento de Defensa, ha perdurado.

John Sopko, inspector general especial para la reconstrucción de Afganistán declara: “Hemos construido escuelas que se han derrumbado, clínicas donde no hay médicos; carreteras que se deshacen a pedazos. Gastamos demasiado dinero, demasiado rápido y con poca supervisión”.

Según parece, la culpa de todo la tienen la corrupción y el caos político afgano. Ningún funcionario norteamericano se ha dado por aludido, aunque algunos tendrían que dar cuenta de sus actividades comerciales non sanctas en el país asiático. Por ejemplo, basta con señalar la compra por parte de Kabul de aviones de transporte militar G.222 por más de 700 millones de dólares, que finalmente se convirtieron en chatarra y fueron liquidados por menos de 50.000 dólares.

En estos 14 años de ocupación, Estados Unidos no ha llevado a cabo un plan estratégico de desarrollo. La estructura democrática que quisieron imponer contra la naturaleza y la tradición del pueblo afgano ha fracasado. Afganistán, con una conformación milenariamente tribal, y donde el componente étnico tiene el mismo peso que el de un gran partido político en una democracia occidental, no resuelve adaptarse a las normas de Occidente.

El poder de los antiguos señores de la guerra y sus herederos no ha menguado un ápice. Los antiguos jefes tribales y los señores de la guerra han actuado según su conveniencia en cada oportunidad y han pactados y roto promesas según sus intereses.

La corrupción endémica, el desorden y la inoperancia administrativa atraviesan tanto los gobiernos del ex presidente Hamid Karzai (2004-2014) como el del actual jefe de gobierno, Ashraf Gahni, quien acaba de cumplir un año en el cargo. Quizás sea por estas razones que todavía anida el germen Talibán, y más allá de su poder económico, el fundamentalismo religioso atrae a muchos jóvenes hartos de la corrupción política.

Los 30 millones de afganos temen que el camino trazado por Washington solo los llevará a una nueva guerra civil, de la que se están presenciando los primeros escarceos. La fuerza talibán, que nunca fue del todo vencida, e incluso soportó los años más duros de la invasión norteamericana a partir de 2001, se reagrupa y parece aumentar cada día. El reciente anuncio de la muerte del Mullah Omar y la asunción del Mullah Akthar Mansour, en julio pasado, parece haber revitalizado la lucha armada talibán.

Más allá de la serie de atentados que se han producido en los últimos meses, incluso en edificios de seguridad pública en la ciudad de Kabul y la guerra solapada que viene sosteniendo con el Daesh o Estado Islámico, la reciente toma de la ciudad de Khunduz, que estuvieron hostigando todo el verano, muestra la capacidad operativa de los salafistas.

Khunduz, capital del estado del mismo nombre, se encuentra a 250 kilómetros al norte de Kabul, es la quinta ciudad más poblada del país, con unas 300 mil almas y una de las más ricas por su importancia geoestratégica en las rutas comerciales. Conectada por carretera con Kabul, en el sur, y Mazar-e-Sharif, en el oeste, es considerada la puerta de entrada hacia las provincias norteñas del país.

Su emplazamiento a menos de 100 kilómetros de la frontera con Tayikistán la convierte en un punto clave para la salida del opio. Afganistán produce el 95% del opio mundial, que es una de las fuentes fundamentales del financiamiento talibán, además del cobro de peaje en las rutas, el robo a comerciantes y a las fuerzas de seguridad, y los “impuestos” a empresas extranjeras que compran su protección. Un nuevo emprendimiento comercial es la exportación de miel junto al mítico clan Haqqani, íntimos colaboradores de los muyahidines desde los tiempos de la guerra contra los soviéticos.

La toma de Khunduz tiene un valor estratégico pero también simbólico, ya que fue por mucho tiempo el bastión talibán, la última ciudad que perdieron frente al avance norteamericano en 2001 y la primera en conquistar después de 14 años.

El ejército afgano ha recuperado la ciudad de Kunduz y han vuelto a colocar la bandera de Afganistán. Sin embargo, la escalada talibán ha supuesto un gran golpe de efecto al interior de la fuerza: reposiciona definitivamente al Mullah Mansour, da un fuerte golpe a la moral al ejército afgano y predispone a la sociedad a considerarlos una verdadera opción de gobierno para aniquilar la casta corrupta que se instaló de mano de los Estados Unidos.

La ofensiva salafista contra la ciudad se realizó por sus tres principales entradas: Khanabad, Chardara e Imam Saheo, pillando por sorpresa al Departamento de Estado norteamericano, que estaba llevando a cabo el retiro escalonado de sus últimos 9.800 soldados, algo que pensaba finalizar en diciembre de 2016. Esta nueva embestida no solo obliga a Washington a repensar su salida, sino a volver a intervenir abiertamente.

Para empeorar las cosas, un hospital perteneciente a la organización Médicos Sin Fronteras fue bombardeado por la aviación norteamericana. El ataque provocó 19 muerto y 40 heridos. Tanto las autoridades afganas, como las estadounidenses intentaron excusar el “error”, denunciando que en el hospital se refugiaban miembros del talibán, algo claramente desmentido por la ONG.

Como una muestra más de la inestabilidad que nuevamente abate al país, se conoció que fuerzas talibanes habrían sido las responsables de la caída de un C-130 de cuatro motores, norteamericano, utilizado para transporte de personal y cargas pesadas. En la nave viajaban 12 personas, 5 soldados estadounidenses, 5 contratistas y 2 afganos. Según la versión del talibán, el avión fue atacado en el despegue del aeropuerto de Jalalabad, a 125 kilómetros al este de Kabul. Según los mandos norteamericanos, el avión se estrelló en la medianoche del jueves, desconociéndose las causas del accidente.

*Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central. 

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir