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Afganistán ante la encrucijada: ¿Regresión o una nueva vía?

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Por Miguel Ángel Pérez Cano

Pese a la reciente creación de un gobierno de unidad nacional el pasado mes de septiembre, el movimiento Talibán aún hoy sigue teniendo mucha fuerza en Afganistán. Desde que fue expulsado del poder en 2001 por Estados Unidos, ha estado librando una guerra de desgaste y de guerrillas contra las fuerzas internacionales (la ISAF, que busca asistir al país y la Operación Libertad Duradera lideradas por EEUU que se centran en combatir a los talibanes) y las del gobierno afgano.

La fundamentalización de la lucha se acentúo conforme avanzaba la guerra contra la invasión soviética que buscaba imponer un Estado satélite en la zona sur del país, y ello dio origen a la consolidación de este movimiento profundamente religioso, disciplinado y avezado en la guerra de guerrillas. Ante la retirada del invasor, acabo tomando el poder aprovechando la ausencia de un Estado sólido. Sin embargo nunca terminaron de controlar el país, ya que la Alianza del Norte resistió, prolongándose la guerra civil hasta la intervención internacional en 2001.

La lucha de los talibanes por imponerse en Afganistán todo este tiempo se centra sobre todo en su objetivo de instaurar en el país la Sharía, ley islámica, y su interpretación estricta del Corán. Por ello no casa en absoluto con prácticamente ninguna otra facción afgana ni con el gobierno surgido de la intervención internacional. Ni siquiera una Constitución no secular que incluye concesiones al fundamentalismo (como castigar la apostasía y definir al Estado como islámico) ha convencido a los talibanes para integrarse en la vida política y cívica de la nación.

Debe precisarse que el movimiento Talibán no solo tiene presencia en Afganistán, aunque es donde tradicionalmente centra sus ambiciones. Desde la época de la invasión soviética en el norte montañoso de Pakistán, donde se establecieron las bases de la resistencia, se fueron consolidando los postulados radicales de esta facción acabando incluso por sustituir en gran medida a la autoridad gubernamental pakistaní. Ha sido precisamente gracias a su expansión o internacionalización que han conseguido resistir y potenciarse, pese a los bombardeos con drones que realiza EEUU en este territorio.

La alianza entre Ashraf Ghani y Abdullah Abdullah puede dar grandes frutos, pese a que una gran presencia Talibán en amplios puntos del país amenaza con socavar la autoridad del Estado e incluso derrocarlo. Ahora que las tropas internacionales han traspasado en todo el territorio la seguridad a las fuerzas nacionales, el futuro es incierto.

Las autoridades de Kabul llevan años tratando de negociar con los talibanes un acuerdo para que éstos cesen la lucha, pero no ha sido posible dado el radicalismo de éstos y el terreno que han ido ganando. Pese al fracaso de esta vía, el gobierno afgano sigue intentando negociar a sabiendas de que es lo único que puede salvar al país de muchos lustros de sangrienta lucha y más penurias para la población.

Ahora bien, aun suponiendo que los talibanes apostasen por una solución política, cabe preguntarse cómo podría ser ese acuerdo y las consecuencias del mismo, tanto para el país como para la comunidad internacional.

Cualquier hipotético entendimiento con los talibanes incluiría la ruptura del pacto de seguridad firmado recientemente entre Afganistán y la coalición internacional, un mayor peso del islamismo en la sociedad afgana y que en parte se aplique la interpretación que este grupo hace del Islam. La prohibición de las mujeres de recibir educación, de la música y del deporte, entre otras,  no podrían llegar a institucionalizarse de nuevo desde el Estado afgano, pero es un ejemplo de posibles consecuencias similares que podría conllevar un acuerdo.

Si los talibanes consiguiesen volver al poder en Afganistán u obtener una posición de fuerza mediante un acuerdo político con el Estado afgano, esto se traduciría en un riesgo para Pakistán y quizás en una reactivación de la tensión entre ambos países, quienes en el pasado ya tuvieron roces por la soberanía del Baluchistán. Hay que matizar que este gobierno electo por las urnas no quiere que Afganistán vuelva a ser territorio amigo para los terroristas.

Para los países que han participado en las operaciones militares en Afganistán este hipotético acuerdo tendría un impacto importante, aunque hay que matizar que el objetivo de la intervención militar era acabar con un santuario desde el que podía actuar libremente Al Qaeda y reforzarse. Por otro lado hay que diferenciar entre la ISAF, que únicamente buscaba la estabilización del país junto con su avance hacía el progreso, y la Operación Libertad Duradera, que se centra en combatir a los talibanes.

Estas naciones considerarían imprescindible que Afganistán no volviese a ser un territorio amigo para los yihadistas, con lo cual también se vería segura Asia Central pues debe recordarse por ejemplo que el MIU (Movimiento Islámico de Uzbekistán) lanzaba ofensivas sobre Uzbekistán desde Afganistán hasta que se produjo la intervención internacional que les arrebato su base segura en suelo afgano.

Afganistán está en un momento crucial en su historia. Por primera vez desde hace más de treinta años tiene la oportunidad de vivir en paz o bien continuar enfangado en enfrentamientos. La posible vuelta de los talibanes al poder derrocando al gobierno supondría una regresión hacía el modelo extremista que ya sufrió el país y si se alcanza un acuerdo entre éstos y el gobierno afgano, ello puede suponer también una regresión a ese pasado, o bien abrir una vía nueva para el país en función de cómo se mantengan los derechos y libertades ganados por los afganos en los últimos años.

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